Sobre el espacio mental

Una característica fundamental de una estructura bien integrada, es que el sujeto posee un espacio interno en el que puede conectarse con los afectos y diferenciarlos, en el que es capaz de desarrollar sueños diurnos y fantasías, en el que logra poner entre paréntesis la inmediatez de la experiencia vivida, a los efectos de interrogarse sobre las interpretaciones (eventualmente problemáticas) que ha hecho acerca de la realidad interpersonal, guiado por conflictos de diversa índole.
En ese espacio podrá entonces, reflexionar sobre el modo en que ha sido afectado por determinadas actitudes de tal o cual persona significativa para él, lo que le permitirá plantearse hipótesis alternativas respecto al modo en que ha comprendido lo sucedido. Asimismo, esta capacidad le permitirá una relación con el otro en el que predominen la empatía y el diálogo.
Pero cuando el nivel de integración estructural es bajo, el sujeto deja de contar con este recurso. El espacio mental se reduce a un mínimo y los estímulos externos (actitudes de los demás) son interpretados de modo automático por medio de “esquemas interpretativos” implícitos, generalmente disfuncionales, que perciben sesgadamente al otro y suelen atribuirle malevolencia, desinterés o rechazo, sin que el sujeto sea consciente de dichos esquemas ni pueda, por tanto, distanciarse de ellos y cuestionarlos. El efecto será el desencadenamiento de un malestar intenso, bajo la forma de angustia, ansiedad o ira (poco diferenciadas) que suelen traducirse en acción, sin mayores mediaciones.
De ahí que en estos casos encontremos en la clínica pacientes que no presentan como motivo de consulta conflictos intrapsíquicos, sino relaciones interpersonales inestables y problemáticas, en las que recaen una y otra vez, sin que puedan amortiguar dichos conflictos mediante un trabajo de pensamiento (para lo cual necesitarían contar con ese espacio mental del que carecen).
El trabajo clínico tendrá entonces, como uno de sus objetivos, favorecer la regulación de la acción e incrementar la posibilidad de pensar y de ampliar el espacio mental, con lo que las relaciones con los demás cambiarán de modo significativo.
El siguiente comentario de una paciente -con un trastorno límite de la personalidad- tratada en un centro asistencial, expresado después de tres meses de una terapia breve basada en la mentalización, es elocuente al respecto de lo conseguido con este enfoque en tan corto tiempo:
“Desde que vengo al Centro, la relación con mi esposo cambió mucho, ahora es más cordial y podemos dialogar. Ya no hay gritos, insultos e irnos a las manos ante el menor problema o discusión. Antes saltábamos ante cualquier comentario que no nos gustaba y enseguida estábamos peleando. Nuestra vida era un infierno.
Ahora nuestra vida ha cambiado bastante en ese sentido. Si algo nos molesta, tratamos de hablarlo y nos explicamos por ambas partes las cosas que nos pasan. Nos va mucho mejor, e interiormente me siento más tranquila. Este cambio que logramos me hace muy feliz”.
Se ve con claridad la forma en que ha cambiado la vida de esta paciente (de ambos cónyuges, en realidad) en la medida en que su terapeuta, siguiendo un procedimiento encaminado a trabajar sobre los déficits estructurales (en este caso, no tan profundos), favoreció el logro del objetivo mencionado más arriba.
De esta forma, la paciente pudo comenzar a interpolar un proceso de pensamiento entre el estímulo y la reacción, mediante el cual identificaba mejor y cuestionaba las atribuciones sesgadas con las que interpretaba el comportamiento de su esposo. Pudo, asimismo, empezar a regular sus emociones y conductas, a ver las cosas desde el punto de vista del otro, a empatizar con su cónyuge y a estimular en él actitudes complementarias a las que ella iba pudiendo poner en práctica. Sintetizando, diríamos que se amplió su espacio mental y las funciones de representación, pensamiento y regulación que en él tienen lugar.
En un tratamiento de mayor duración, hubiéramos tenido también otros objetivos, más ambiciosos, pero no es poco lo logrado en tan poco tiempo con una paciente que presentaba un cuadro clínico grave, mediante una adecuada focalización en las insuficiencias de la estructura (o en las fallas en el mentalizar).

 

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