La multiplicidad del self y la mentalización IV

En este post reseñaré y comentaré la perspectiva de Margaret Crastnopol, psicoanalista relacional que ha hecho interesantes contribuciones al psicoanálisis contemporáneo.

Su teoría de los lugares en que mora la experiencia del self (desarrollada en su artículo de 2002), que se articula de un modo sumamente original con las conceptualizaciones del self múltiple, es un aporte del mayor interés para nuestro tema.

Crastnopol cuestiona la tendencia a pensar en términos dicotómicos: intrapsíquico o interpersonal y postula que hay un continuo entre un polo y otro, que tiene cuatro “dominios”, entendiendo por tales lugares en la psique en los que emerge una particular experiencia de sí.

Son como lugares de auto-experiencias, o lugares donde mora lo psíquico (“psychic dwelling place”), que se extienden desde la experiencia del self más interna hasta la más externa, desde lo más privado de la vida psicológica hasta lo menos privado de la misma.

Por otra parte, esta autora propone que estas diferencias en la experiencia de sí subyacen a las distintas reacciones de los pacientes en relación a diversas actitudes psicoanalíticas, variados enfoques interpretativos e inclusive diferentes analistas.

Estos dominios de la experiencia de sí configuran un espectro y son:

1) El dominio fenomenológico

2) El intrapersonal

3) El interpsíquico

4) El interpersonal

La experiencia de sí de cada persona abarca los cuatro dominios, con mayor o menor intensidad por parte de cada uno de ellos. Estos lugares dan cuenta de la forma en que el self es percibido, expresado y actuado. Se diferencian por el grado de interioridad o de exterioridad que posee cada uno. Por otra parte, las distintas personas se diferencian por su sitio preferido de experiencia de sí, por situarse de un modo más interno o más externo.

1) El dominio fenomenológico: es similar a lo que Winnicott denomina el “verdadero self”. Es como un santuario interior que se encuentra cercano al funcionamiento somatopsíquico. Tiene sus raíces en lo constitucional y es el más “personal” de los dominios.

En este sitio uno se encuentra con sentimientos, pensamientos, sensaciones, imágenes, etc. Se trata de sentimientos crudos, imágenes, cogniciones que incluyen la experiencia interior vivida e informulada, así como la casi formulada experiencia del self y del mundo interior.

Cada persona tiene sus condiciones particulares que le facilitan conectarse con este dominio, con este centro psíquico. Para algunos será escuchar música, para otros contemplar arte, etc.

2) El dominio intrapersonal: incluye imágenes más cristalizadas del sí mismo en relación con los otros y consigo mismo.

Las experiencias intrapersonales se sienten como cercanas y familiares. Pueden incluir una tendencia a reflexionar sobre sí mismo (aunque no necesariamente). Puede incluir el “escuchar” voces internas o el ver imágenes interiores, o como tendencias o estados de ánimo.

Las representaciones internas de la experiencia intrapersonal incluyen partes que se sienten como uno mismo (el “yo”) y partes que se sienten también como una versión generalizada de los otros.

Las representaciones de los otros han sido abstraídas o separadas de sus modelos externos originales. O sea, el “otro” experimentado en este lugar psíquico, no posee los atributos únicos de la figura original real en la propia vida exterior, tal como ha sido asimilada a los efectos de formar parte del mundo interno.

Este dominio es la versión subjetiva, experiencial de lo que habitualmente llamamos el “mundo intrapsíquico”.

3) El dominio interpsíquico: comparativamente con el sitio anterior, en éste la imagen que  nos formamos del otro retiene una mayor cantidad de sus cualidades idiosincráticas actuales y personales, completadas con una vida subjetiva imaginada (desde este sitio). Hay una mayor fantasía del self y el otro en relación, de lo que ocurre en el sitio anterior.

El “otro” que imaginamos desde este lugar incluye nuestra fantasía de su experiencia de nosotros y, más aún, nuestra fantasía de su imagen mental de nosotros, que puede ser construida desde una teoría de la personalidad, formal o informal, esto es, que consiste en una forma de abstracción cognitiva de nosotros. Este último aspecto es más externo que el anterior (que incluía solamente la experiencia de nosotros).

Algunas veces, cuando estamos en este sitio, sentimos como si hubiera un valioso diálogo teniendo lugar entre nuestras imágenes internas del self y del otro. En otros momentos, las relaciones entre estas imágenes pueden ser penosas.

“Un hombre de 60 años, que estaba instalado en este dominio interpsíquico se focalizaba marcadamente en cómo lo experimentaban los demás. Necesitaba desesperadamente ser visto como considerado, alegre y dotado.

En la sesión se distraía fácilmente de sus esfuerzos por conectar con su mundo interior y articularlo, por el temor de que podría herir mis sentimientos. Se lamentaba a menudo de que su discurrir asociativo me aburría” (p. 7).

4) El dominio interpersonal: es el más externo del continuo. En él nos experimentamos como haciendo algo con otras personas. Sentimos “soy el self que se comporta de tal o cual forma con los demás”. Nuestro lugar de conciencia se siente como externo, en el espacio entre el self y los otros. Los roles propios, interpersonales y sociales se sitúan en este dominio.

Así, por ejemplo, un paciente decía: “Después de verme responder de un modo tan entusiasta al nacimiento de mi sobrina, tomé conciencia del instinto paternal tan grande que tengo”

Vale decir, no descubría una parte central de su self a través de la introspección o la intuición, sino viendo cómo actuaba en relación con los demás.

De hecho, el vernos en acción en el mundo externo nos enseña a menudo cosas respecto a nosotros, que no se pueden averiguar por otras formas de estudio de sí.

Muchas veces negamos o disociamos el conocimiento que proviene de una auto-observación como la mencionada y decimos retrospectivamente que “no éramos nosotros mismos”.

Lo que tal vez queremos decir es que el aspecto del self que observamos en la acción, no es acorde a nuestra experiencia del self interpersonal en otros contextos, o a nuestra experiencia del self en otros dominios.

Vemos entonces que cada dominio sucesivo (desde el 1 hasta el 4) implica un grado cada vez mayor de inclusión del mundo exterior real en el sentimiento del self.

De este modo, podríamos decir que “…el mismo evento vital o situación exterior puede ser experimentado de modo muy diferente, en función del dominio predominante a través del cual es filtrado. Por ejemplo, estar enamorado tendrá una cualidad muy diferente cuando sea experimentado en el sitio 4 ó interpersonal, que cuando lo sea en el 1 ó fenomenológico. La experiencia más externa (4 ó interpersonal) consistirá en desplegar un comportamiento amoroso o en expresar afecto hacia la persona amada, mientras que la experiencia más interior (dominio 1 ó fenomenológico) será la de la pasión, el anhelo o pensamientos arrobados per se.

La experiencia del amor desde el dominio 4 ó interpersonal estaría marcada por la conciencia y el goce de la propia pasión.

En el sector 2 ó intrapersonal uno se sentiría envuelto en una implicación apasionada con un objeto idealizado, una figura que sería la versión condensada y estilizada de la “vida real” del amado y del otro amado original (…) El objeto real, de carne y hueso, hacia el cual se dirige el propio afecto se ve simplificado y “reclutado” (para usar el concepto de Fairbain) para formar parte de un “otro deseado”, arquetípico, cuando uno se encuentra en el dominio intrapersonal.

Tal como la versión 2 ó intrapersonal, una experiencia 3 ó interpsíquica de amor supondría la relación entre imágenes del self y del otro, pero en el dominio 3 ó interpsíquico, a diferencia del 2 ó intrapersonal, el otro consiste más en un ser tridimensional, modelado sobre el amado real. Sus rasgos distintivos y modos de ser, su experiencia subjetiva interior será imaginada como parte de la representación interna” [negritas agregadas] (Ibid, p. 8).

Para tomar otro ejemplo, pensemos en el sentimiento de felicidad.

En el nivel 1 (fenomenológico), uno sentiría conciencia de estar en un estado de felicidad pero no tendría contexto para ese sentimiento.

En el nivel 2 (intrapsíquico) estaría conectado, por ejemplo, con el sentimiento de autoaprobación.

En el nivel 3 (interpsíquico) podría uno representarse la imagen de un otro, con los rasgos del propio padre, sonriendo hacia nosotros, lo que nos haría sentir orgullosos.

Si nuestro padre estuviera realmente diciendo cosas buenas de nosotros y esto nos pusiera contentos, estaríamos ubicados en el nivel 4 (interpersonal).

De hecho, lo habitual es que alternemos desde lo más privado hasta lo más interactivo y público.

Por otro lado, y considerando que la mente es limitada, en el sentido que puede aprehender cada vez un sector u otro, el que no es aprehendido permanece relativamente inaccesible.

“Estar en los espacios”, al decir de Bromberg, significaría entonces (desde este punto de vista) que se es capaz, no sólo de mantener el equilibrio entre varias representaciones del self (self-representations), sino también a lo largo de estos diversos lugares de autoexperiencia.

Diferencias en las distintas personas:

Las diferentes personas tienen preferencias distintas en cuanto a los sitios de su experiencia de sí. Para algunos, dicha experiencia está caracterizada por diferentes voces internas (que pueden representar diferentes representaciones internas) en comunicación mutua.

Otras personas pasan más tiempo simplemente experimentando el “yo” (sitio fenomenológico), y otras se concentran más en las relaciones con los otros (sitio 4).

Hay quienes se ensimisman en sentir la experiencia que los demás tienen de ellos y en identificar cuán diferentes son con distintos otros.

Para muchas personas su experiencia de sí consiste en una mezcla de estas diversas posiciones.

Sin duda que el sitio consciente puede variar mucho respecto al sitio inconsciente. “A los efectos de simplificar la presente discusión, he dejado sin considerar la distinción entre sitios conscientes e inconscientes y los he considerado como un compuesto. Sin embargo, de este modo he pasado por encima de una descripción mucho más compleja, en el que cada dominio se encuentra más o menos disociado, más plenamente formulado, o menos, en toda persona. En cada sitio, ciertos aspectos de las representaciones del self con el otro serán más conscientes, y otras más inconscientes” [negritas agregadas] (p. 17).

La forma en que se entretejen los sitios en la psique:

Utilicemos la metáfora de una serie de habitaciones en secuencia (cada una de las cuales representa a uno de los dominios). Lo habitual será que toda persona tenga una o dos habitaciones favoritas, pero que pueda también acceder a las otras. Algunas serán más espaciosas que otras y su configuración será diferente a la de las demás.

La razón de ser de estas preferencias tiene que ver con cuestiones constitucionales y también con motivos adaptativos y defensivos para formular o para no hacerlo, para disociar o no, reprimir o descubrir diversas facetas de la experiencia de sí.

Si ampliamos la metáfora, podríamos decir que el grado de conciencia de cada sitio estaría representado por el grado de su iluminación. Algunos de estos sitios (o las representaciones internas que hay allí) estarán fuertemente iluminados, mientras que otros serán apenas perceptibles y otros estarán envueltos en las tinieblas (o sea, en lo inconsciente).

La importancia de los dominios para el proceso terapéutico:

En primer lugar, cabe decir que ningún sitio puede ser considerado a priori como más sano que otro, ya que cada persona desarrolla su propio patrón de experiencia de sí. A la vez, para que haya un funcionamiento psíquico “suficientemente bueno” es necesaria cierta flexibilidad para moverse de un sitio al otro.

Podemos caracterizar ciertos tipos de psicopatología por la imposibilidad de acceder al sitio requerido por determinada demanda contextual. Por ejemplo, quien sea incapaz de abandonar el rol de espectador durante una relación sexual, quedará ubicado en el sitio 3 (interpsíquico) y no podrá habitar adecuadamente el sitio 1 de las sensaciones sexuales. Esto podrá deberse a conflictos psicosexuales, pero podría ser también expresión de un patrón caracterológico de preferencia por dicho sitio. Establecer este hecho podrá encarrilar el trabajo analítico en una dirección más productiva.

Otro ejemplo de esta clase puede ser el de un paciente que ha alcanzado cierto nivel de insight, sin sentir un cambio interno total. El paciente, por ejemplo, dice: “Mi imagen negativa de mí mismo, no se entrama con el resto de las percepciones que tengo de mí. Pero por qué esto no se traduce en que me guste más a mí mismo?”

En este caso, el problema puede hallarse en una inhibición generalizada de la habilidad para llevar a cabo una transición del dominio 3 (interpsíquico) al dominio 2 (intrapersonal), dificultad que puede tener que ver con la evitación de las perturbadoras relaciones presentes en el nivel más privado.

En líneas generales, podemos considerar que la terapia tiene dos objetivos relacionados con los sitios de la experiencia de sí. Por un lado, es importante ayudar a los pacientes a reconocer los valores y las limitaciones de su particular patrón de ocupación de dominios. Por otro lado, deberemos favorecer un mayor acceso a sitios hasta ahora no examinados.

Implicaciones clínicas:

“Cuáles son las implicaciones de este modo de ver la vida psíquica para la elección que el terapeuta haga de sus estrategias de intervención? Se llegará mejor a muchos pacientes mediante una interpretación que coincida (en forma o contenido) con su sitio más confortable, mientras que otros (o el mismo paciente en diferentes momentos) pueden responder mejor a intervenciones que se desvían de su sitio habitual.

El analista aprende cómo utilizar mejor determinado dominio, en la medida en que logra entender el significado que tiene para el paciente, así como el balance relativo de los motivos defensivos o adaptativos a los que sirve.

Si un sitio determinado sirve más a los propósitos adaptativos que a los defensivos, puede ser más prometedor para el analista permanecer ahí por un período de tiempo con el paciente. La comprensión de cómo su psique toma forma, hará probablemente más profundo el contacto empático con el self característico del paciente.

Idealmente, el analista ayudará al paciente a reconocer las habitaciones en las que mora, cómo se desarrolló este patrón de experiencia de sí y qué es lo que significa para su funcionamiento psíquico y bienestar emocional. El clínico experimentado probablemente tenderá a hacer esto como parte del análisis del carácter, si bien no necesariamente con tantas palabras o empleando este marco teórico particular.

En esta área, así como en tantas otras, nos esforzamos por conseguir un buen balance entre acompasarnos a las tendencias del paciente, como opuesto a cuestionarlas.

Como ocurre con otras facetas de la propia personalidad y subjetividad, las moradas características y propias del analista, incidirán en la intrincada danza en la que el sitio de experiencia de sí de una persona enfrenta u oprime las de otra.

Una de las formas en que esto ocurre es a través de la elección de orientación teórica y de estilo de intervención del analista, debidos a su propia inclinación hacia determinados sitios.

Debido a nuestras tendencias caracterológicas a habitar en un dominio o en el otro, algunos de nosotros hemos “nacido” interpersonalistas y otros han “nacido” teóricos intrapersonales; alguno  de nosotros vive en una incómoda combinación de dominios e intenta combinar distintas lealtades.

Surge la pregunta de hasta qué punto somos proclives inconscientemente a seleccionar a aquellos pacientes que sean similares a nuestras predisposiciones, o que las complementen?

Será alterada nuestra propia tendencia a focalizar en uno u otro dominio de la experiencia de sí, o será simplemente reconocida y entendida?

Estas consideraciones reconducen al tema central, consistente en entender cómo los lugares psíquicos de analista y paciente interactúan para dar forma a su proyecto mutuo.

Hay también obvias ramificaciones clínicas para el trabajo con los sueños de los pacientes: a los efectos de lograr el máximo impacto, la interpretación deberá ser enmarcada en lenguaje fenomenológico, o en términos interpersonales para determinado paciente, o para determinado sueño?

La exploración de las relaciones interpersonales más íntimas del paciente puede ayudarse por la apreciación acerca de cuáles son las formas en que los sitios en que mora el paciente armonizan o entran en conflicto con aquellos en que lo hacen sus otros significativos”  (pp. 23-24).

Conclusiones:

“En mi opinión, es deseable que agudicemos nuestra conciencia de los lugares específicos en que habitan nuestros pacientes. Podremos entonces señalar hacia otros aspectos de la experiencia de sí y ayudar a determinar qué es lo que bloquea el acceso a ellos.

Necesitamos tener claridad acerca de cómo la orientación de nuestros pacientes evocan ciertas proclividades nuestras, y como éstas se interconectan con nuestro estilo terapéutico con determinado paciente.

Dado que ningún sitio de la experiencia de sí encarna plenamente una vida psíquica que posea riqueza, el acceso flexible al rango completo optimizará la habilidad del paciente para configurar su self situado unilateralmente.

Idealmente, el analista buscará una mayor auto-conciencia de sus lugares de residencia habituales, y estará también abierto a su expansión. Esto ayudará, a su vez, al paciente, en su búsqueda para volverse óptimamente receptivo a las demandas psíquicas que las diferentes facetas de la vida le plantean”

COMENTARIOS:

El trabajo de Margaret Crastnopol posee una enorme sutileza y revela una fina sensibilidad en la detección de los lugares en los que mora la experiencia de sí, así como en su caracterización.

En un trabajo posterior, retomó esta idea mostrando cómo esta variedad de sitios se relaciona con la multiplicidad del sentimiento del propio valor (Crastnopol, 2007).

Por mi parte, considero que es útil para ayudarnos a percibir con mayor claridad estancamientos de los pacientes en determinado sitio, en detrimento de los demás.

De igual forma, articulando este enfoque con el de los múltiples selves, cabe postular que algunos de ellos tenderán a afincarse más en un sitio, mientras que otros lo harán en sitios diversos, lo que agrega mayor riqueza y complejidad al análisis en términos de la multiplicidad del self.

Desde el punto de vista de la teoría de la mentalización, cabe relacionar el desarrollo de Crastnopol con la polaridad “mentalización basada en los rasgos internos o externos del self y de los demás”  (Bateman, Fonagy, 2012).

La primera se refiere a los procesos que focalizan en el mundo interior de uno mismo y de los demás, la segunda a los que lo hacen en los rasgos físicos y visibles de los otros y de sus acciones.

Esta polaridad nos ayuda a entender por qué ciertos pacientes se encuentran fuertemente impedidos de “leer la mente” de los demás (sus deseos, creencias, etc.), pero son hipersensitivos respecto a la expresión de las emociones que puede leerse en las expresiones faciales, o en las posturas corporales ajenas. Es lo que ocurre con los pacientes bordeline, que tienen marcada dificultad para entender las intenciones de los demás, pero son hipersensibles a las expresiones faciales. Por esta razón, suelen ser incapaces de ir más allá de esta percepción, para considerar perspectivas alternativas respecto al estado mental del otro. De este modo, pueden convencerse que el terapeuta está completamente aburrido si éste, por ejemplo, se reclina hacia atrás en su sillón. Si lo ven momentáneamente disgustado, sin duda que ha de estarlo con ellos, etc.

Por esta razón, las intervenciones mentalizadoras a menudo deben comenzar por focalizar en las interpretaciones que el paciente ha hecho basándose en tales percepciones, a los efectos de entender por qué se sintió tan afectado y tratar de favorecer una apertura hacia otros puntos de vista acerca del mismo hecho.

Por su parte, los pacientes con trastorno antisocial de la personalidad pueden carecer de la capacidad para detectar expresiones de temor en la expresión del rostro, pero suelen ser expertos en leer los estados mentales ajenos, lo que les da herramientas para sus actitudes manipulatorias.

Algunos pacientes narcisistas carecen de la habilidad para detectar en las expresiones faciales y posturales de los demás el impacto que ellos les producen, mientras que pueden estar muy preocupados con pensamientos acerca de los estados mentales ajenos (particularmente aquellos que tienen que ver con juicios evaluativos acerca de la propia persona).

 

Reseña y comentarios:

Gustavo Lanza Castelli

www.mentalizacion.com.ar

gustavo.lanza.castelli@gmail.com

 

 

Referencias:

Bateman, A.W. & Fonagy, P. (eds.) (2012) Handbook of Mentalizing in Mental Health Practice.

Washington: American Psychiatric Publishing, Inc

Crastnopol, M. (2002)  The dwelling places of self-experience.

Psychoanalytic Dialogues, 12 (2), 259-284.

Crastnopol, M. (2007) The multiplicity of self-worth

Contemporary Psychoanalysis, Vol 43, Issue I, pp. 1-16.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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