LA TEORÍA DE LA MENTALIZACIÓN Y EL PSICOANÁLISIS CONTEMPORÁNEO III

En el post anterior presenté un listado de algunos de los rendimientos de la mentalización y puse el acento en la importancia de estos rendimientos para lograr tramitar la pulsión en el contexto de relaciones interpersonales mutuamente satisfactorias.

En este post deseo retomar este punto, poniendo ahora el acento en las fallas o déficits en la capacidad de mentalizar, responsables de diversas perturbaciones.

La identificación de estas fallas resulta de la mayor importancia, ya que (junto con la teoría 1) del funcionamiento adecuado del mentalizar, 2) de las etapas de su desarrollo, y 3) del escenario intersubjetivo de su constitución) permite establecer un campo de intervención específico, en el que prevalece el objetivo de optimizar la mentalización, esto es, ayudar al restablecimiento de las funciones de la mentalización inhibidas y a la desactivación de los modos prementalizados, habitualmente reactivados debido a dicha inhibición.

Conjeturo que este campo específico es compatible con otro campo, discernido a partir de los conceptos teóricos freudianos, desarrollados y modificados por André Green.

Es dable pensar, entonces, que cabe proponer intervenciones clínicas diferenciadas, según el campo sobre el que se desee operar, que combinen ambas maneras de comprender al paciente.

Cabe suponer también que en cada caso particular será necesaria una evaluación integral, a los efectos de determinar si es pertinente -en tal o cual momento del tratamiento- el trabajo ya sea en un campo, ya sea en el otro (o en una combinación de ambos).

Dada la cantidad de rendimientos que es posible tomar en consideración para mostrar las fallas correspondientes en el mentalizar, me limitaré en lo que sigue a tomar sólo algunos de ellos para ilustrar el planteo que propongo.

Partamos, entonces, del rendimiento designado con el número 2) en el post anterior:

2) El atribuir estados mentales a los demás permite también predecir su comportamiento, lo cual es importante a los efectos de prepararnos para una actitud que conjeturamos amistosa u hostil.

Este rendimiento condensa, en realidad, dos capacidades de la mentalización: a) la posibilidad de inferir los estados mentales subyacentes al comportamiento del otro; b) la habilidad para, a partir de dicha inferencia, anticipar la conducta del semejante.

Vale la pena agregar que en muchos otros casos, a partir de inferir los estados mentales ajenos, no es tanto la anticipación de una conducta lo que tiene lugar, sino distintas conclusiones que desencadenan diversos desarrollos de afecto.

Es habitual que los pacientes que presentan una falla en este rendimiento, relaten situaciones en las que se sorprendieron de las actitudes de los demás, ya que no habían podido preverlas.

Así sucedió en el caso de una mujer que consultó a raíz de la depresión que sufría, debido a que su marido la había dejado para irse a vivir con su secretaria.

A partir de cierto momento en el trabajo analítico, fue posible reconstruir una larga serie de indicadores que el marido le había dado, tanto en relación a lo descontento que se encontraba en la relación con ella, como a que algo fuera del hogar lo atraía y ocupaba.

Entre dichos indicadores encontramos: llegadas tarde, llamados recibidos en horarios no laborables en los que aparentemente era requerido por algún problema importante de la oficina, viajes de fines de semana que obedecían -supuestamente- a negocios que debía concretar en otra ciudad, actitud distante y sexualmente indiferente para con ella, etc., etc.

El conjunto de estos indicadores hubiera sido suficiente como para que la esposa pudiera conjeturar que subyacentes a esta serie de comportamientos se encontraban deseos hacia una tercera persona (estados mentales subyacentes a la conducta) que se traducían en algún tipo de relación con la misma.

Esta inferencia habría bastado para que pudiera predecir que el marido tal vez desearía dejarla en algún momento, lo que la habría llevado a emprender una acción mediante la cual afrontaría o anticiparía la situación (hablar con el marido, etc.).

Pero estos indicadores no fueron percibidos por la mujer, y en cada caso, o no atribuía significación al evento de que se trataba, o lo racionalizaba de algún modo

(así, atribuía el desinterés sexual del marido al excesivo estrés que éste tenía, debido a que trabajaba tanto y debía viajar con frecuencia por motivos laborales!).

De un modo singular (y típico) la esposa hacía cada tanto comentarios al marido, referidos a alguna amiga que había sido engañada por su esposo, a alguna noticia sobre la infidelidad de un actor, que había visto en un programa de la televisión, sin que pudiese colegir que a través de estos comentarios estaba abriéndose paso en su mente una sospecha de la que ella no quería enterarse.

Vemos en juego en este caso el mecanismo de la desmentida -que Freud conceptualizó en tres trabajos (1927, 1938a, 1938b)- en el cual el yo asume una doble actitud ante un hecho de la realidad exterior, que posee carácter potencialmente traumático:

a) por un lado, no quiere saber nada con él, lo desmiente y todo transcurre como si no hubiera tenido noticia del hecho en cuestión.

b) por otro lado, lo reconoce y se anoticia del mismo, aunque a veces lo haga de manera proyectada (como en el ejemplo).

Esta actitud doble del yo frente a determinado hecho, implica una escisión del mismo y el mantenimiento de dos creencias simultáneas y contradictorias (en este ejemplo: 1) mi marido desea a otra mujer con la cual me engaña; 2) mi marido trabaja mucho y está estresado).

Vemos entonces que la capacidad de la paciente para atribuir estados mentales a determinados comportamientos padecía de un menoscabo “funcional” debido a la operación de una defensa.

En esos casos (cuando es posible intervenir a tiempo, lo que no era el caso en este ejemplo) el trabajo clínico debe focalizar (con mucho cuidado) en la existencia de la defensa y en los motivos de la misma, cuidando de no traumatizar a la paciente llevándola a una toma de conciencia para la que no se encuentre todavía preparada, o a diversos actings que podrían desencadenarse si no se procede con el timing adecuado.

Por lo demás, considero que este ejemplo ilustra con claridad la confluencia de campos mencionada más arriba, ya que en él se articula la teoría de la mentalización (inferir el estado mental del marido: su interés en otra persona, que lo lleva a las conductas mencionadas), con la teoría freudiana de la desmentida (refutar esta inferencia).

En otros casos, la dificultad para inferir los estados mentales presentes en la conducta del otro no tiene que ver con una defensa, sino con procesos y déficits más primarios, como, por ejemplo, la dificultad para diferenciar la mente propia de la ajena.

Ilustraré esta alternativa con el caso de una paciente, Melisa, de 23 años que relata en una sesión que se había encontrado en una reunión con Pedro, su ex novio, con quien se había peleado tres meses atrás, en lo que fue la tercera separación entre ambos, ya que en dos ocasiones anteriores ella lo había dejado.

Refiere que en un momento él se puso triste y le dijo que la amaba, que era la chica más linda que había conocido y que nunca iba a dejar de amarla. También le dijo que no iba a volver con ella porque el dolor que había padecido las dos veces anteriores, en que ella lo dejó, lo había sobrepasado. Y temía que lo mismo se repitiese si volvían una tercera vez.

En los días subsiguientes se enviaron mensajes de texto y se comunicaron por chat. Melisa intentó un acercamiento, pero él se mantuvo distante.

A raíz de esta actitud, la paciente comenzó a dudar de todo lo que Pedro le había dicho en la reunión, lo que la deprimió, porque al descreer de los dichos de su ex novio se activaba en ella una tendencia a verse en menos y sentirse no querible.

P: “No entiendo por qué si me ama como dice y me ve tan linda, no quiere volver. ¡No lo entiendo!”

T: ¿Él, qué dice?

P: Que sufrió mucho con la primera separación  y de nuevo con la segunda. Pero yo sé que eso no lo frenaría, que si me quisiera de verdad, volvería, porque es lo que uno hace si quiere mucho a otro!!

T: ¿Y no sería posible que lo que sufrió tenga para él un peso mayor del que tendría para vos?

P: …Puede ser…yo siempre pienso que los demás piensan como yo, y yo haría eso: yo volvería si de verdad amase a alguien, a pesar del sufrimiento. Por eso pienso que él va a actuar igual y cuando no lo hace, dejo de creer en lo que me dijo. Pero es verdad que él no es igual a mí…y que tal vez no me haya mentido.

Ahora me siento mejor, menos deprimida…sí, creo que es verdad que me quiere, pero que no puede volver…

En este caso, el procedimiento clínico no consistió en trabajar sobre una defensa, ya que no era eso lo que estaba en juego, sino en sugerir que la mente de él podría funcionar de un modo diferente a la de ella, como una forma estimular una diferenciación entre ambas. La respuesta de la paciente es elocuente, en la medida en que muestra que posee la capacidad para llevar a cabo dicha diferenciación si se la ayuda para ello. Gracias al discernimiento de esta diferencia (“él no es igual a mí”), se interrumpió el circuito que había comenzado a activarse (descreer de lo que Pedro le dijo –  sentirse no querible – deprimirse).

Sin duda que este tipo de intervenciones debieron ser repetidas numerosas veces y en distintos contextos para que esta diferenciación fuera cobrando cuerpo y arraigándose en el funcionamiento mental de Melisa.

Como tercer ejemplo tomaremos el caso de Clara, mujer de 50 años, que relata en la primera entrevista múltiples peleas con su marido y sus hijos. Habla también de la depresión que la aqueja porque se encuentra aislada, ya que se lleva mal con toda su familia. La relación con su marido se ha enfriado conforme pasaron los años, y los hijos la evitan para no desencadenar discusiones y peleas.

Para colmo, en la semana previa a consultar se había peleado con una amiga de toda la vida, debido a una discusión en la que ella actuó “impulsivamente”, de forma muy agresiva.

A raíz de esta situación, agrega:

“No soy una persona introspectiva ni reflexiva. Soy absolutamente impulsiva, que puedo lastimar al decir las cosas; no por maldad, sino porque no pienso lo que el otro está recibiendo cuando tiro mis lanzas. No soy de esas personas que están pensando: “esto lo tengo que decir, esto no”. Tengo una amiga que me dice que tengo que controlarme y pensar antes de hablar. Pero no puedo”

Es elocuente, en lo que dice, la presencia de una falla en el rendimiento 3) mencionado en el post anterior:

3) Mediante el mentalizar es posible anticipar cómo determinada actitud (o verbalización) propia impactará en el otro, lo cual posee la mayor importancia para regular la propia conducta en función de la reacción probable del otro que podamos prever.

Todo esto es lo que la paciente no puede hacer: no puede frenar o regular sus verbalizaciones agresivas basándose en la anticipación de cómo lo que llegue a decir afectará a su interlocutor (“…no pienso en lo que el otro está recibiendo cuando tiro mis lanzas”). No puede ponerse en el punto de vista del otro, no puede empatizar. De ahí que no pueda inhibir la expresión de su agresividad y ésta se traduzca directamente en acción, con los conflictos en las relaciones interpersonales resultantes de ello. Ésas son algunas de las fallas en el mentalizar que encontramos en esta mujer.

Por lo demás, su discurso en la sesión tenía al principio un carácter netamente catártico e impulsivo: hablaba sin parar y sin prestar mayor atención a lo que se le pudiera decir. Por esta razón, todo intento de interpretar, por ejemplo, los motivos de su hostilidad con su marido e hijos, no habría sido de utilidad, ya que no estaba en condiciones de escucharlo.

La estrategia inicial del tratamiento se basó en el conocimiento de que la inhibición precede a la mentalización y la posibilita (aunque también sucede a la inversa), por lo cual se puso el acento en este punto y se le propuso que cuando estuviese a punto de ocurrir un desborde agresivo como los que había relatado, apretara el “botón de pausa” y tratara de pensar qué era lo que la había enojado de esa forma (Allen, 2005).

La forma de apretar dicho botón consistía en implementar un monólogo interior, en el que Clara se dijera a sí misma “pará”, “controlate”, “te estás por descontrolar, pará” y otras verbalizaciones equivalentes, que fueron establecidas de común acuerdo con ella.

La paciente se interesó con la propuesta, ya que veía que constituía algo “práctico” que le podía servir para no seguir llevándose tan mal con los demás. En ese momento de la sesión agregó que en un tratamiento anterior las intervenciones interpretativas de la terapeuta le parecían algo remoto, que no le daban herramientas para vivir mejor en su vida cotidiana. Por esa razón, después de un breve tiempo, lo había abandonado.

Otras propuestas consistieron en:

a) sugerirle que prestara atención a los indicadores de que estaba comenzando a irritarse, e intentara en primer término inhibir el crescendo de la irritación. Si lo conseguía, el segundo paso consistía en tratar de identificar -en ese momento- a qué se debía dicha irritación, qué actitud, comentario, etc. la había alterado.

Si la paciente no lograba inhibir de esta forma -in status nascendi- su hostilidad, era muy difícil que pudiera controlarla una vez que se había desencadenado.

b) proponerle que, si le era posible, pusiera por escrito en ese momento todo lo que pudiera observar de sí (sensaciones, impulsos, pensamientos), así como del otro de la interacción (cuya actitud la había irritado). Conjeturamos que esta práctica le serviría para tomar distancia de lo concreto de la experiencia y habilitar un espacio para pensar (mentalizar). Por otra parte, permitiría la recolección de material para ser trabajado en sesión que, de otra forma, era olvidado sistemáticamente (Lanza Castelli, 2010).

Al comienzo sus escritos tenían poco de autoobservación o reflexión y mucho de catarsis (o sea, el exabrupto que había logrado inhibir en la relación con el otro, se volcaba en el papel). La utilidad de los mismos consistió entonces -en la primera época- en que descargaba en ellos la hostilidad que  antes expresaba en la interacción. De esta forma, tuvieron inicialmente una función de morigerar los conflictos interpersonales.

No obstante, poco a poco, dichos escritos comenzaron a incluir más y más elementos de monitoreo y reflexión sobre lo que le estaba ocurriendo y se constituyeron progresivamente en una especie de área transicional (ni puramente interna, ni implicada en la interacción) en la que le era posible interrogarse y mentalizar (Lanza Castelli, 2009). Muchas veces llevaba a cabo el acto de escribir horas después de que hubiera tenido lugar el episodio problemático, lo que le permitía una reflexión retrospectiva sobre lo sucedido, que le era de utilidad para entender un poco más lo que había estado en juego allí.

Por otra parte, como ha sido demostrado en diversas investigaciones, el poner por escrito en el momento mismo de la activación de sus emociones, funcionaba como un regulador emocional indirecto (debido a razones neurobiológicas; Lieberman et al., 2007), lo que era de la mayor utilidad en este caso.

c) estimular que la paciente intentara ponerse imaginariamente en el lugar del otro sobre el cual había “descargado sus lanzas”, para que fuera pudiendo, progresiva y paulatinamente, tomar en cuenta la mente del otro, e inferir el efecto que en ella producían sus actitudes.

d) a medida que la paciente podía prestar atención al estado mental conjeturado del otro e iba pudiendo imaginarlo, se trabajó para que pudiera conectar dichos estados, así inferidos, con las actitudes de los demás hacia ella. De este modo, dichas actitudes pudieron ser progresivamente vistas por Clara como motivadas por sus acciones para con los demás, y no como expresión de una incomprensible mala intención de los otros para con ella.

Cabe consignar que este modo de enfocar las cosas significó todo un descubrimiento para la paciente, ya que siempre había culpado a los demás por las actitudes de evitación o de hostilidad que tenían para con ella (lo que incrementaba su propia hostilidad en una especie de círculo vicioso), y ahora comenzaba a caer en la cuenta de hasta qué punto ella misma, sin proponérselo, tendía a inducir dichas actitudes.

e) el trabajo en sesión se focalizó en los aspectos mencionados, pero con una particularidad. Dado el carácter catártico y disperso del discurso de la paciente, que saltaba de un tema a otro sin pormenorizar en ninguno de ellos, se hacía muy difícil profundizar en los asuntos de los que hablaba, o inclusive intentar que ella pensara en lo que decía. Por esa razón, fue de utilidad instrumentar tres estrategias al respecto:

e.1) una de ellas consistió en señalarle que estaba cambiando de tema, cada vez que tal cosa tenía lugar, a la vez que se la invitaba a proseguir con el tema anterior, para poder profundizar en el mismo;

e.2) otra estrategia consistió en establecer lazos entre los distintos temas (cuando esto era factible de ser hecho), logrando con ello una articulación entre los mismos, que no era en modo alguno evidente para la paciente. No se buscaba en este caso “interpretar” algún contenido en particular, sino simplemente establecer nexos que parecían ausentes o destruidos por mecanismos disociativos (Green, 1974);

e.3) en una serie de ocasiones la paciente no podía pensar sobre los temas cuando se le señalaba que había pasado sin transición de uno a otro, ya que decía que necesitaba contar las últimas peleas habidas en su casa, cosa que hacía de un modo catártico. La propuesta en este caso consistió en dedicar la mitad de la sesión a que ella pudiera “descargarse”, y la segunda mitad a retomar alguno de esos temas para profundizar en él.

El trabajo sobre su funcionamiento mental incluyó otros aspectos que dejo sin referir aquí, dada su extensión (como el trabajo sobre el modo de equivalencia psíquica, en el que entraba con mucha frecuencia, etc.).

Como puede verse, el trabajo desarrollado focalizaba en los procesos mentales de Clara, en el modo de su funcionamiento mental, con el objetivo de propiciar una modificación del mismo, en el sentido de que la paciente fuera logrando inhibir las conductas impulsivas y habilitando la posibilidad de pensar, tanto en sus propios estados mentales como en los de los demás.

A partir de que la paciente iba pudiendo controlar mejor sus estallidos y habilitando un espacio mental para interrogarse respecto a lo que la había hecho enojar, fue posible desarrollar un trabajo en colaboración en el que, ahora sí, se hacía posible profundizar en las motivaciones que determinaban ese enojo casi constante con su familia.

Entre otros conflictos que aparecieron entonces, podríamos citar la transferencia que había hecho sobre su marido e hijos del vínculo altamente problemático que tenía con un hermano menor, varón, que era -al decir de la paciente- el favorito indiscutido de la madre, lo que había hecho que ella se sintiera -desde el nacimiento del mismo- excluida, relegada, deprimida y llena de odio hacia dicho hermano y hacia su progenitora. Esta situación se mantuvo a lo largo de muchos años y aún tenía vigencia en la época del tratamiento, con otros agregados y complejidades.

Este tramo del trabajo se enmarcó en el contexto de conceptos teóricos freudianos (complejo fraterno, Edipo invertido, narcisismo, etc.) y se tradujo en una estrategia en gran parte interpretativa, que -como fue dicho- debió ser precedida y acompañada por el proceder mencionado con anterioridad, para que tuviera posibilidades de rendir frutos.

De no haber obrado de esta forma, y haber pretendido implementar un abordaje en base a interpretaciones desde el comienzo mismo del análisis, dicho abordaje se habría demostrado tan ineficaz como el de su análisis anterior, ya que se hubiera dirigido a una paciente cuyo funcionamiento mental le impedía todo aprovechamiento del mismo.

Nuevamente vemos, en este caso, la posibilidad de articular ambos marcos teóricos y la forma en que ambos se plasman en la práctica clínica.

Podríamos decir que uno de ellos (el del constructo mentalización) tiene que ver con ciertos aspectos del funcionamiento mental (dificultad para interpolar el mentalizar entre el estímulo y la acción; falta de inhibición y de elección de conductas alternativas a la respuesta que se le imponía), mientras que el otro (el freudiano) pone el acento primordialmente en los contenidos y en sus raíces en la vida de la paciente (la hostilidad y su origen en la relación con la madre y el hermano), así como en la vigencia de dichos contenidos y en la transferencia de los mismos sobre figuras del presente (marido e hijos).

Por esta razón, el tipo de intervenciones fue muy diferente según el foco que se privilegiaba. En un caso, se trabajó para favorecer la emergencia de un modo de funcionamiento mental diferente al habitual, que pudiera inhibir la acción y dar lugar al pensamiento, lo cual implicaba la reactivación de las capacidades de la mentalización inhibidas y la instalación progresiva de una actitud mentalizadora por parte de Clara.

Desde otro punto de vista y trabajando sobre los contenidos, el objetivo fue que la paciente pudiera hacer conscientes las transferencias que estaban en juego, así como las raíces de los impulsos hostiles en su vida familiar temprana. La técnica utilizada (la interpretación) buscaba poner de manifiesto esas relaciones y traer a la conciencia los nexos inconscientes entre las figuras del pasado y las del presente.

Cabe, tal vez, hacer una objeción en este punto a la idea de que se trata en el caso de Clara de una articulación de modelos, ya que en la obra de Freud se encuentra reiteradas veces la idea de que el pensar (considerado como una acción de ensayo) ha de interpolarse entre el estímulo y la respuesta (Freud, 1911, 1938a).

Sin duda que esta afirmación es correcta y que dicha idea se articula con otros conceptos de la teoría freudiana, como el principio de realidad, la contraposición entre energía libre y ligada, y entre procesos primarios y secundarios.

Pero de todos modos, considero que es válido diferenciar la concepción de Freud acerca del pensar, de aquello que entiende Fonagy con su constructo mentalización.

Cuando el primero habla del pensar, lo entiende en un sentido muy amplio, como aquel proceso que, regido por el principio de realidad, advierte que, por ejemplo, no están dadas las condiciones para llevar a cabo una acción tendiente a satisfacer la pulsión y decide demorar la descarga (estas condiciones pueden incluir la renuencia del objeto, pero también condiciones climáticas, peligros diversos, distancia geográfica, etc.).

Para Fonagy, en cambio, cuando habla del mentalizar incluye también (aunque no solamente) al pensamiento, pero sólo a aquél que recae sobre los estados y procesos mentales, en suma, sobre la mente propia y la ajena.

Este pensamiento consiste en la puesta en juego de una serie de capacidades representacionales y de habilidades inferenciales, que forman un mecanismo interpretativo especializado, dedicado a la tarea de explicar y predecir el comportamiento propio y ajeno mediante el expediente de inferir y atribuir al sujeto de la acción determinados estados mentales intencionales que den cuenta de su conducta (Gergely, 2003).

A su vez, este mecanismo interpretativo especializado, incluye otras habilidades cognitivas (como la atención, la intuición y la imaginación), pueden diferenciarse en él cuatro polaridades (self/otro; cognitivo/afectivo; controlado/automático; centrado en lo interno o en lo externo) y su conceptualización se encuentra respaldada por múltiples hallazgos recientes en el campo de las neurociencias (Allen, Fonagy, Bateman, 2008; Lanza Castelli, 2011).

Para más datos, podríamos citar las propuestas recientes de Simon Baron-Cohen (autor muy cercano a Fonagy) quien diferencia dos modos de pensamiento diferentes, que parecen tener localizaciones cerebrales también distintas: el empatizar y el sistematizar.

El empatizar coincide en líneas generales con lo que Fonagy entiende por mentalizar.

El sistematizar, por su parte, consiste en aquel tipo de pensamiento que construye sistemas de cualquier índole. Lo que define a un sistema es que sigue determinadas reglas, por lo cual cuando uno sistematiza trata de identificar las reglas y regularidades que gobiernan al sistema, a los efectos de predecir cómo se comportará.

Los sistemas pueden ser mecánicos (por ejemplo una filmadora), numéricos (como el horario de trenes), abstractos (como la sintaxis del idioma), naturales (patrones de las olas de la marea), etc. (Baron-Cohen, 2009).

Esta diferenciación permite advertir que el concepto de “pensamiento” tal como lo entiende Freud, es una categoría muy amplia que incluye en sí el empatizar y el sistematizar (de un modo no diferenciado), siendo que lo que resulta importante en lo que hace a la tramitación pulsional y a los intercambios interpersonales es, esencialmente, el empatizar (mentalizar).

Por esta razón, considero que hay diferencias entre la concepción freudiana del pensamiento y la compleja y rica elaboración que conlleva el constructo mentalización, lo que permite postular la hipótesis de que dicho constructo realiza un aporte significativo a lo que en el campo del psicoanálisis había sido tematizado -siguiendo a Freud- como “pensar como acción de ensayo”.

Por último, deseo expresar mi creencia de que los ejemplos presentados en este post ilustran la posibilidad de pensar articulaciones entre algunos aspectos de la teoría de la mentalización y ciertos conceptos de la teoría de Freud, retrabajada por André Green.

Pero sin duda que es mucho todavía lo que hay que pensar y diversos los problemas que están en juego. Retomaré algunos de ellos en los próximos posts.

Autor: Gustavo Lanza Castelli

www.mentalizacion.com.ar

gustavo.lanza.castelli@gmail.com

 

Referencias:

Allen, G (2005) Coping with trauma. Hope Through Understanding. American Psychiatric Publishing

Allen, JG, Fonagy, P, Bateman, A (2008) Mentalizing in Clinical Practice American Psychiatric Publishing

Baron-Cohen, S (2009) Autism: The Empathizing–Systemizing (E-S) Theory.  Annals of the New York Academy of Sciences. Volume 1156, The Year in Cognitive Neuroscience 2009 pages 68–80, March 2009

Bateman, A, Fonagy, P (2004) Psychotherapy for Borderline Personality Disorder.  Mentalization-based Treatment.  Oxford. University Press

Freud, S (1911) Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico.  Amorrortu editores, tomo XII

Freud, S (1927) Fetichismo. Amorrortu editores, tomo XXI

Freud, S (1938a) Esquema del Psicoanálisis. Amorrotu editores, tomo XXIII

Freud, S (1938b) La escisión del yo en el proceso defensivo. Amorrortu editores, tomo XXIII

Gergely, G (2003) The development of teleological versus mentalizing observational learning strategies in infancy. Menninger, Volume 67, Nro 3, pp. 113-131.

Green, A (1974) El analista, la simbolización y la ausencia en el encuadre psicoanalítico, en Green, A (1990) De locuras privadas. Amorrortu editores.

Lanza Castelli, G (2009) Mentalización y expresión de los afectos: un aporte a la propuesta de Peter Fonagy.

Aperturas Psicoanalíticas. Revista Internacional de Psicoanálisis, Nro 31

Lanza Castelli, G (2010) El diario personal como herramienta en la psicoterapia psicoanalítica, en Lanza Castelli, G (ed) La escritura como herramienta en la psicoterapia, Ed. Psimática, Madrid, España.

Lanza Castelli, G (2011) La mentalización, su arquitectura, funciones y aplicaciones prácticas.

Aperturas Psicoanalíticas. Revista Internacional de Psicoanálisis, Nro 39

Lieberman, MD, Eisenberger, NI, Crockett, MJ et al. (2007) Putting feelings into words: affect labeling disrupts amygdala activity to affective stimuli. Psychological Science, 18: 421-428.

 

 

 

 

 

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2 Respuestas a LA TEORÍA DE LA MENTALIZACIÓN Y EL PSICOANÁLISIS CONTEMPORÁNEO III

  1. sonja stein says:

    Hola Gustavo,qué interesante está esta serie de posts en que vas mostrando las articulaciones entre la teoría de la mentalización y el psicoanálisis,todo ilustrado con ejemplos muy claros que resultan sumamente útiles.Justamente leía un art. de de Iceta en la rev.n° 42 de “Aperturas “…en que plantea la misma estrategia que vos ejemplificás aquí, consistente en abordar los pacientes graves primero desde el enfoque propio de la mentalización,para solo posteriormente utilizar la interpretación.
    Como siempre,gracias por compartir!!
    Cariños,Sonia

    • Administrador says:

      Hola, Sonia. Me alegra que te hayan resultado interesantes los posts.
      Te agradezco el dato del trabajo de Aperturas, que no había leído.
      Ahora lo miraré.
      Un cariño,
      Gustavo

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