LA TEORÍA DE LA MENTALIZACIÓN Y EL PSICOANÁLISIS CONTEMPORÁNEO II

En un post anterior avancé algunas reflexiones acerca de la articulación entre el psicoanálisis contemporáneo y la teoría de Peter Fonagy.

En el presente post continúo con esas consideraciones. A tal efecto, considero que será útil deslindar los siguientes temas: la constitución de la pulsión en el aparato psíquico y la función del objeto primordial en dicho proceso; el rol del objeto primordial y sus incidencias en el psiquismo infantil; la tramitación de la pulsión en el sujeto adulto en relación al objeto actual; la caracterización del objeto actual y de las acciones que se realizan en relación con el mismo.

Dada la mayor complejidad de los primeros puntos, estimo pertinente comenzar por los últimos (la tramitación de la pulsión…etc.) y dejar los otros para posts posteriores.

En lo que sigue reseño en primer término la concepción de la pulsión en la obra de Freud, así como su relación con el objeto actual (incluyendo el aporte de Green en este punto).

Posteriormente realizo una reseña del constructo mentalización y trato de mostrar la importancia del mismo para pensar la tramitación de la pulsión en relación con dicho objeto actual.

La pulsión en la obra de Freud: dada la vastedad de este tema, que atraviesa toda la obra de Freud, me focalizaré en su trabajo de 1915, para desarrollar, a partir del mismo y de algunas conceptualizaciones de André Green, la primera parte de este post.

En ese texto Freud dice que el estímulo pulsional proviene del propio organismo y actúa como una fuerza constante. Consiste en una necesidad que requiere de su satisfacción para cancelarse momentáneamente, hasta su posterior resurgimiento.

En la medida en que el aparato psíquico está regido por el principio de placer, el incremento de estímulo será experimentado como displacer y su decrecimiento como placer.

Por lo demás, dado que los estímulos que se generan en el interior del organismo no pueden tramitarse mediante la fuga, se le plantean elevadas exigencias al sistema nervioso, que lo mueven a actividades complejas a los efectos de modificar el mundo exterior y procurar de este modo la satisfacción de la pulsión. En este sentido, Freud plantea que la misma puede considerarse como “…una medida de la exigencia de trabajo que es impuesta a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal” (Freud, 1915, p. 117) y que en la misma podemos distinguir cuatro aspectos: esfuerzo, meta, objeto y fuente.

La fuente es “aquel proceso somático, interior a un órgano o a una parte del cuerpo, cuyo estímulo es representado en la vida anímica por la pulsión”.

Por “esfuerzo” (Drang) se entiende su factor motor “la suma de fuerza o la medida de la exigencia de trabajo que ella representa”. Por esa razón toda pulsión es un fragmento de actividad, aunque su fin pueda ser pasivo.

La meta última es siempre la satisfacción, y la meta próxima es aquella acción hacia la cual la pulsión esfuerza.

El objeto, por último, “es aquello en o por lo cual puede alcanzar su meta. Es lo más variable de la pulsión; no está enlazado originariamente con ella, sino que se le coordina sólo a consecuencia de su aptitud para posibilitar la satisfacción. No necesariamente es un objeto ajeno; también puede ser una parte del cuerpo propio” (Ibid, pp. 117-118).

Como ha mostrado con detalle Green (1995), es necesario ir más allá de cierto solipsismo freudiano y tomando en consideración los aportes de los teóricos de las relaciones de objeto, así como las enseñanzas de la clínica con los pacientes no neuróticos (en los que se hace evidente la importancia que han tenido las fallas del objeto externo en la determinación de la patología) postular que entre ambos, pulsión y objeto, hay una relación tal que no puede pensarse el uno sin el otro.

Es justamente en este punto, de la relación con el objeto, donde la teoría de la mentalización tiene mucho que aportar al psicoanálisis contemporáneo.

Para desarrollar esta idea, será útil diferenciar entre el objeto primordial y el objeto actual, ya que sus funciones son diferentes, como así también las relaciones que se establecen con él.

A partir de esta diferenciación, trataré de caracterizar cómo es pensado cada uno de ellos en el psicoanálisis freudiano y contemporáneo y cuál es el aporte específico que puede hacer la teoría de la mentalización.

En el presente post tomaré en cuenta solamente al objeto actual, en posts subsiguientes caracterizaré lo relativo al objeto primordial.

I) La relación con el objeto actual:

I.a) La relación con el objeto actual en la teoría freudiana:

En la teoría freudiana el objeto actual es caracterizado como aquello en lo cual la pulsión puede encontrar su satisfacción. Pero en un sentido más específico, también es caracterizado de diversas formas, que me limito a mencionar, sin desarrollar:

como objeto de transferencias (Freud, 1912); como poseyendo una serie de características en un tipo particular de elección de objeto en el hombre: que la mujer no sea libre, sino que se encuentre manteniendo una relación con un tercero (que resultará perjudicado), que posea mala fama o de cuya fidelidad quepa dudar, que despierte celos en el sujeto, que sea pasible de ser redimida o salvada, etc. (Freud, 1910).

El objeto también es considerado en relación a la identificación, como cuando se transforma una investidura de objeto en una identificación (identificación al rasgo en la histeria).

Este breve listado, que no pretende agotar la serie de caracterizaciones presentes en la obra de Freud, permite ver, no obstante, que en el enfoque freudiano el objeto es visto básicamente desde el punto de vista de la pulsión y que no es resaltada ni su actividad ni su condición de “sujeto”, tampoco se pone el énfasis en el intercambio que tiene lugar -en las relaciones interpersonales- entre dos sujetos.

Otro aspecto importante de la relación con el objeto, tiene que ver con la acción específica que se realiza sobre el mismo (para lograr la satisfacción pulsional): acá entran a jugar -en el planteo freudiano- una serie de conceptos teóricos fundamentales: el principio de realidad, el pensar como aplazamiento de la descarga y demora de la acción, la regulación de la pulsión (control pulsional), los procesos primarios y secundarios, el concepto de ligadura de la pulsión, etc.

Sería demasiado extenso desarrollar cada uno de estos conceptos. Lo esencial que deseo subrayar al enumerarlos es que también en ellos, y en relación a la acción específica, el otro es visto como un “objeto” de la realidad, por eso hay que tenerla en cuenta y evitar sus peligros. Tiene lugar en el acceso a este objeto un rodeo, diferente al circuito corto a través del cual se satisface la pulsión en la alucinación y en la fantasía (cf. post anterior).

En la teoría de Green, en la medida en que él habla de una unión inextricable entre pulsión y objeto, se pone el acento en la relación. Y también en la necesidad de tener en cuenta al objeto de la realidad. Entre otros textos elocuentes encontramos éste: “La evolución exige, no como decía Freud, que la pulsión acabe domesticada por el yo, sino que éste consiga ligarla. Entonces y sólo entonces el objeto podría ser reconocido en su realidad, lo cual implica una cierta renuncia al cumplimiento irrestricto de la totalidad de las metas pulsionales. De un lado, porque no todas las que nacen en su mundo interno pueden ser satisfechas, pero, además, porque el sujeto se ve llevado a considerar también las pulsiones del objeto, fijándose la meta de satisfacerlas, al menos en parte, incluso si algunas de ellas no gozan de su favor” [cursivas agregadas] (Green, 1995, pp. 43-44).

En este párrafo de Green se ve un cambio considerable respecto al enfoque de Freud, ya que el “objeto” es considerado como un sujeto que tiene sus propias pulsiones, que hay que tener en cuenta para que sea posible alcanzar la satisfacción.

El “principio de realidad” no tiene ya relación solamente con los eventuales peligros del mundo exterior (como en Freud), sino con la subjetividad del otro de la interacción, al menos en lo que hace a su mundo pulsional. De todos modos, cabe agregar que la conceptualización de Green del otro como sujeto no va mucho más allá de señalar su condición de sujeto de pulsiones, que es menester tener en consideración.

I.b) La relación con el objeto actual en la teoría de la mentalización:

I.b.1) Breve sinopsis del constructo mentalización:

El concepto mentalización se refiere a una actividad mental, predominantemente preconsciente, muchas veces intuitiva y emocional, que permite la comprensión del comportamiento propio y ajeno en términos de estados y procesos mentales.

En un sentido más amplio, alude a una capacidad esencial para la regulación emocional y el establecimiento de relaciones interpersonales satisfactorias.

También podemos definirla diciendo que este constructo se refiere a una serie variada de operaciones psicológicas que tienen como elemento común focalizar en los estados mentales. Estas operaciones incluyen una serie de capacidades representacionales y de habilidades inferenciales, las cuales forman un mecanismo interpretativo especializado, dedicado a la tarea de explicar y predecir (de modo explícito o implícito) el comportamiento propio y ajeno mediante el expediente de inferir y atribuir al sujeto de la acción determinados estados mentales intencionales que den cuenta de su conducta (Gergely, 2003).

La mentalización es un constructo multidimensional, que abarca cuatro dimensiones o polaridades:

a) la dimensión del objeto (polaridad self/otro);

b) la dimensión del contenido (polaridad cognitivo/afectivo);

c) la dimensión del proceso (polaridad procesos automáticos y controlados);

d) la dimensión de la orientación (polaridad focalizada en lo externo o en lo interno).

En toda puesta en juego de la mentalización entran a jugar estas dimensiones o polaridades, balanceadas de modos diversos.

Algunos rendimientos de la mentalización son los siguientes:

1) Mediante el expediente de atribuir estados mentales a los demás (creencias, sentimientos, motivaciones), el comportamiento de los mismos se vuelve entendible (en términos de dichos estados), lo que torna posible la relación interpersonal, así como el llevar a cabo los múltiples intercambios intersubjetivos en los que es importante la sintonía afectiva e intelectual con el otro.

2) El atribuir estados mentales a los demás permite también predecir su comportamiento, lo cual es importante a los efectos de prepararnos para una actitud que conjeturamos amistosa u hostil.

3) Mediante el mentalizar es posible anticipar cómo determinada actitud (o verbalización) propia impactará en el otro, lo cual posee la mayor importancia para regular la propia conducta en función de la reacción probable del otro que podamos prever.

4) La mentalización adecuada permite optimizar los vínculos. De este modo, cuanto mayor sea la captación que se tenga del sentido del comportamiento del otro, mayor será la adecuación y sintonía con que se pueda responder al mismo. Por otra parte, ante una conducta ajena que produzca malestar, la posibilidad de entender por qué el otro actuó como lo hizo, ayuda a disipar el sentimiento negativo producido por su acción o sus palabras (advertir, por ejemplo, que el otro no tuvo intención de herirnos cuando dijo tal o cual cosa, ya que desconocía nuestra sensibilidad para con ese tema, o que estaba alterado por algo que le había ocurrido, etc.).

5) La mentalización dirigida hacia el otro, que aprehende su estado emocional y despierta una reacción afectiva acorde al mismo, es lo que llamamos empatía. Hay dos formas de la misma: automática y deliberada.

La empatía automática se basa en las neuronas espejo, que se activan ante la percepción del  estado emocional de otra persona, permitiendo la captación intuitiva e inmediata de ese estado así como una resonancia con el mismo.

Por su parte, la empatía deliberada supone la decisión voluntaria de imaginar el escenario mental y emocional del otro, poniendo entre paréntesis (inhibiendo) nuestra propia perspectiva. En su grado más elevado implica la posibilidad de entender las razones que han motivado las emociones ajenas (Allen, Fonagy, Bateman, 2008).

6) La mentalización optimiza la comunicación, ya que para mantener un diálogo fluido es necesario monitorear el estado mental de nuestro interlocutor. Según ha sido puesto de manifiesto mediante diversas investigaciones, el ceder turnos en una conversación supone tener en mente el estado mental del otro de un modo implícito y sin tener que pensar deliberadamente sobre ello (Barker, Givon, 2005).

De igual forma, se ha demostrado que en todo intercambio interpersonal se produce un espejamiento automático de los estados emocionales del interlocutor, a los que se ajustan (de forma inconsciente y automática) la propia postura, el tono de voz, las expresiones faciales, etc. (Bateman, Fonagy, 2006).

7) La posibilidad de conectar el mundo de la fantasía y la emoción con el comportamiento, tanto en uno mismo como en los demás, favorece la riqueza y profundidad del vínculo con el otro, tornando significativo el intercambio interpersonal.

Cuando falta esta posibilidad y el otro es tomado como un objeto físico, desprovisto de espesor subjetivo, la relación con el mismo pierde profundidad y significación y se torna utilitaria o desconsiderada.

8) La posibilidad de registrar, identificar y denominar los propios deseos y afectos (entendidos como representantes de la pulsión) es una función importante del mentalizar. Dicho registro dota de riqueza a nuestro mundo interno y de significación a nuestra vida, a la vez que nos permite canalizar el empuje pulsional y orientarnos en la toma de decisiones que nos representen.

9) La identificación precisa de los propios deseos y sentimientos favorece la posibilidad de regularlos y tomar decisiones respecto a la expresión de los mismos. La regulación emocional puede referirse al incremento o decrecimiento de la intensidad de la experiencia emocional, a la modificación de dicha experiencia y al mantenimiento de un determinado nivel de activación emocional. Incluye la reevaluación de los afectos y del componente cognitivo de los mismos.

La regulación de su expresión implica la decisión acerca de inhibirlos, dejarse ir, expresarlos en forma indirecta o modificada, teniendo en cuenta, por ejemplo, la oportunidad para dicha expresión, el modo en que impactará en los demás, etc.

10) La mentalización permite diferenciar los pensamientos de la realidad efectiva y moverse en el espacio representacional conectando los pensamientos con los hechos pero sabiendo de su diferencia. Gracias a ello es posible amortiguar el efecto de pensamientos angustiantes, autocríticos, autodesvalorizantes, etc. al discernirlos como “meros pensamientos”. Esta posibilidad es un logro del desarrollo que se alcanza cuando es posible integrar los modos prementalizadores que la anteceden: el modo de “equivalencia psíquica” y el modo de “hacer de cuenta”.

El primero de ellos tiene vigencia en el niño de hasta tres años de edad. Consiste en que éste no considera que sus ideas sean representaciones de la realidad, sino más bien réplicas directas de la misma, reflejos de ésta que son siempre verdaderos y compartidos por todos. Hay, por ende, una equivalencia entre pensamiento y realidad, lo que es fuente de inevitable tensión, ya que la fantasía proyectada sobre el mundo exterior es sentida como totalmente real.

El niño no es capaz de advertir el carácter meramente representacional de los estados mentales, lo que le permitiría diferenciarlos de la realidad efectiva y hacer que pierdan su carácter eventualmente abrumador. De igual forma, esta diferenciación abriría a la posibilidad de admitir que el propio punto de vista es diferente de otro, relativo, parcial y eventualmente equivocado.

Por su parte, en el modo de “hacer de cuenta”, el niño puede identificar los pensamientos como tales mientras juega, sin confundirlos con la realidad, con una condición: que estén claramente desacoplados del mundo real (personas y cosas), que no tengan conexión con él.

El logro de la mentalización se produce cuando ambos modos pueden integrarse, lo que implica que el pensamiento se diferencia de la realidad, pero conservando su conexión con la misma. Esta conquista permite el monitoreo y la reflexión sobre los estados mentales, advirtiendo su carácter de tales (Fonagy et al., 2002; Bateman, Fonagy, 2004).

11) De igual forma, al mentalizar podemos amortiguar el efecto de las atribuciones disfuncionales con que interpretamos el comportamiento de los otros en forma automática, en la medida en que podemos discernirlas como tales y advertir la forma en que nuestra mente construye el significado de las actitudes del otro (Lanza Castelli, 2011).

12) La mentalización permite discernir que nuestro modo de ver la realidad es sólo un punto de vista entre otros posibles, ya que no consiste en un reflejo de aquélla. Esto da pie para que podamos relativizar nuestro modo de ver las cosas y admitir -mediante una actitud abierta y flexible- que el mismo hecho puede ser visto desde distintas perspectivas.

13) Si el paciente tiene una capacidad mentalizadora suficiente, podrá trabajar adecuadamente en la psicoterapia utilizando dicha capacidad con el objetivo de monitorear sus estados mentales, lograr el insight, simbolizar los conflictos y las situaciones traumáticas, diferenciar el presente del pasado, reconocer y remover las proyecciones que distorsionan la comprensión del otro, etc. (Holmes, 2006; Allen, Fonagy, Bateman, 2008).

Si no es éste el caso y presenta fallas en esta función, será tarea de la psicoterapia focalizar en ellas y buscar remediarlas, tal como propone la “Psicoterapia basada en la mentalización” (Bateman, Fonagy, 2004; 2006).

Como puede verse, en estos rendimientos de la mentalización he incluido no solamente los que tienen relación primordial con el objeto, sino también los que consideran la mentalización del self, ya que ambos se encuentran siempre presentes (en proporciones distintas) en las relaciones interpersonales.

Podemos entender ahora el modo en que el funcionamiento adecuado de la mentalización permite tramitar el empuje pulsional mencionado más arriba, sea que la pulsión se manifieste como desarrollo de afecto, sea que lo haga como representación investida (deseos). Esto ocurre en la relación del sujeto con la pulsión (ítems 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13), como así también en la relación con el objeto actual, con el otro de la interacción (ítems 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 11).

Dada la vastedad y amplitud de todos estos conceptos, parece preferible focalizar en un solo ítem y llevar a cabo a partir de él las consideraciones comparativas entre el enfoque de Freud/Green y el de Fonagy.

I.b.2) La relación con el objeto actual:

El ítem 3, dice: Mediante el mentalizar es posible anticipar cómo determinada actitud (o verbalización) propia impactará en el otro, lo cual posee la mayor importancia para regular la propia conducta en función de la reacción probable del otro que podamos prever.

Para lograr este rendimiento tienen que tener lugar una serie de complejos procesos mentales.

Uno de ellos consiste en la capacidad para construir un modelo de la mente del otro que nos permita aprehender los estados desiderativos, afectivos y cognitivos que tienen lugar en determinada situación vincular, de un modo descentrado, esto es, desde el punto de vista del otro y no como mera proyección de nuestras características o ilusiones.

A partir de esta información, será posible prever cómo será vivida por el otro una solicitación pulsional determinada (una propuesta amorosa o erótica, por ejemplo).

Dicha previsión, edificada sobre la inferencia de los estados mentales ajenos, se encuentra en la base de la decisión de si dar cauce, o no, a la propuesta de que se trate, para que la misma encuentre una respuesta que permita alcanzar la satisfacción pulsional.

Si a esto le agregamos el momento lógicamente anterior, consistente en la identificación de los propios deseos y su regulación (ítems 8 y 9), tendremos una idea -muy esquemática, pero clara- de la importancia del mentalizar en la tramitación del empuje pulsional.

La imposibilidad de llevar a cabo algunas de estas operaciones (inferir los estados mentales ajenos, anticipar las consecuencias de la propia acción, regular la conducta) da pie para toda clase de conflictos interpersonales, desarrollos de afectos displacenteros y frustraciones en el intento de canalizar la pulsión.

La falla en la identificación y regulación de los propios afectos y deseos, a su vez, puede deberse, tanto a perturbaciones en el mentalizar, como a déficits en la ligadura de la pulsión. La diversidad del origen de las fallas se traducirá en desenlaces problemáticos también distintos (desarrollaré este tema más adelante, en otro post).

Podemos decir entonces que para dar cauce al devenir pulsional de modo satisfactorio en un entramado intersubjetivo determinado, es necesario ponerse intuitivamente en el punto de vista del otro, identificar su deseo o saber cómo despertarlo (a partir de la construcción de un modelo de su mente). Sin ello, la acción específica carecería de guía para poder llegar a un desenlace adecuado.

Lo que se vuelve importante del objeto en este punto no es entonces solamente aquello que lo hace atractivo como objeto de la pulsión, sino también aquello que lo convierte en un sujeto con un deseo propio, con modos de sentir, creencias, representaciones, valoraciones, etc. En suma, con una serie de estados mentales que tengo que tener en cuenta ya que deciden acerca de su conducta. Y es sólo en la medida en que los tengo en cuenta que el empuje pulsional puede ser satisfecho de un modo interpersonalmente satisfactorio, de modo tal que los sentimientos del otro para conmigo (que he de poder percibir), su deseo en relación con mi persona (que he de poder aprehender) sean acordes a lo que espero.

Sin esta mediación mentalizadora, el otro queda reducido a la categoría de objeto-cosa, pura exterioridad sobre el que descargaría mi pulsión. A través de esta mediación, en cambio, el otro es considerado “otro sujeto”, con una vida mental que he de poder representarme para que tenga lugar un verdadero intercambio intersubjetivo en el seno del cual se tramite el empuje pulsional.

Autor: Gustavo Lanza Castelli

gustavo.lanza.castelli@gmail.com

www.mentalizacion.com

Referencias:

Allen, J.G., Fonagy, P., Bateman, A. (2008) Mentalizing in Clinical Practice. American Psychiatric Publishing

Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E., Target, M. (2002) Affect Regulation, Mentalization, and the Development of the Self  Other Press.

Bateman, A, Fonagy, P (2004) Psychotherapy for Borderline Personality Disorder.Mentalization-based Treatment.  Oxford. University Press

Bateman, A, Fonagy, P (2006) Mentalization-Based Treatment for Borderline Personality Disorder. A Practical Guide. Oxford University Press.

Freud, S (1910) Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (Contribuciones a la psicología del amor I ) Amorrortu editores, tomo XI

Freud, S (1912) Sobre la dinámica de la transferencia. Amorrortu editores, tomo XII

Freud, S (1915) Pulsiones y destinos de pulsión. Amorrortu editores, tomo XIV, Buenos  Aires, 1984.

Gergely, G (2003) The development of teleological versus mentalizing observational learning strategies in infancy. Menninger, Volume 67, Nro 3, pp. 113-131.

Green, A (1995) La metapsicología revisitada. Pulsión. Representación. Objeto. Yo. Realidad. Ed Eudeba, 1996

Holmes, J (2006) Mentalizing from a Psychoanalytic Perspective: What’s New? Allen, JG, Fonagy, P (eds) Handbook of Mentalization-Based Treatment. John  Wiley & Sons, Ltd

Lanza Castelli, G (2011) Las polaridades de la mentalización en la práctica clínica. Revista Clínica e Investigación Relacional, Vol 5, Nro 2.      http://www.psicoterapiarelacional.es/CeIRREVISTAOnline/Volumen52Junio2011/tabid/833/Default.aspx

 

 

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