Funciones de representación en los pacientes borderline

En los pacientes fronterizos graves encontramos déficits en una serie de funciones estructurales: en las funciones de pensamiento (ya que funcionan en modos prementalizados), en las funciones de regulación (ya que son impulsivos y se ven desbordados por tormentas emocionales), en las funciones de comunicación (ya que carecen de empatía) y también en las funciones de vínculo con objetos externos e internos (no han introyectado objetos buenos, sino objetos persecutorios).
Sin embargo, uno de los déficits más profundos que padecen es aquél que afecta a las funciones de representación.
Estas funciones han sido consideradas por diversos autores, de un modo detallado.
Bion, por ejemplo, dice que las sensaciones y los protosentimientos deben ser ideogramatizados, esto es, ligados con una imagen visual, para que sea posible darles forma, utilizarlos y recordarlos. Mediante esa ligadura se produce el pasaje de lo protomental a lo mental.
Green, por su parte, habla de la construcción del Ello psíquico, el cual, a diferencia del Inc. de la primera tópica, consiste en pulsiones que no están inicialmente ligadas a representaciones. Esta ligadura es fruto del trabajo de representación.
Por su parte, César Botella ha escrito sobre lo que denomina el trabajo de “figurabilidad”, que implica un proceso equivalente a los mencionados.
Cuando esta función se encuentra en déficit, el resultado es la dificultad para imaginar y para dar forma a los afectos (esto es, cualificarlos como algo “mental” y no como sensaciones físicas, por ejemplo) y, en un nivel de gravedad mayor, la disolución del mundo de las formas mentales.
Así, una paciente que me fue presentada en supervisión, relata el siguiente sueño: “Veía un pequeño punto luminoso. Después ese punto crecía y crecía, formando una especie de filamento y luego giraba y se hacía grande; luego se acercaba. Entonces me despertaba sobresaltada, con el corazón oprimido, como si hubiera estado atrapada en una trama de hilos que se entrecruzan”
Como podemos ver, no hay formas definidas, ni objetos o personas diferenciadas que entren en algún tipo de relación entre sí. Falta también (dato esencial) el escenario del sueño y la referencia a un sentimiento diferenciado y constituido como tal, que es reemplazada por la mención de un suceso corporal (corazón oprimido).

¿Cuál es entonces, en estos casos, la tarea del analista?
Sin duda que no consiste en “interpretar” un contenido que carece de configuración, sino que su tarea consiste en sintonizar con el estado interior del paciente en una actitud receptiva (de las identificaciones proyectivas de éste), de modo tal que en su mente (del analista) puedan surgir las imágenes (formas) que el paciente no puede construir, y que, comunicadas al consultante, le ayudarán a comenzar a dar forma a su experiencia mental.
En “Mentalización. Revista de Psicoanálisis y Psicoterapia” Año I, Nro I, octubre de 2013 (de libre acceso en internet) hay un trabajo de Antonino Ferro que ilustra este procedimiento mediante el análisis detallado de un caso.

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Sobre el espacio mental

Una característica fundamental de una estructura bien integrada, es que el sujeto posee un espacio interno en el que puede conectarse con los afectos y diferenciarlos, en el que es capaz de desarrollar sueños diurnos y fantasías, en el que logra poner entre paréntesis la inmediatez de la experiencia vivida, a los efectos de interrogarse sobre las interpretaciones (eventualmente problemáticas) que ha hecho acerca de la realidad interpersonal, guiado por conflictos de diversa índole.
En ese espacio podrá entonces, reflexionar sobre el modo en que ha sido afectado por determinadas actitudes de tal o cual persona significativa para él, lo que le permitirá plantearse hipótesis alternativas respecto al modo en que ha comprendido lo sucedido. Asimismo, esta capacidad le permitirá una relación con el otro en el que predominen la empatía y el diálogo.
Pero cuando el nivel de integración estructural es bajo, el sujeto deja de contar con este recurso. El espacio mental se reduce a un mínimo y los estímulos externos (actitudes de los demás) son interpretados de modo automático por medio de “esquemas interpretativos” implícitos, generalmente disfuncionales, que perciben sesgadamente al otro y suelen atribuirle malevolencia, desinterés o rechazo, sin que el sujeto sea consciente de dichos esquemas ni pueda, por tanto, distanciarse de ellos y cuestionarlos. El efecto será el desencadenamiento de un malestar intenso, bajo la forma de angustia, ansiedad o ira (poco diferenciadas) que suelen traducirse en acción, sin mayores mediaciones.
De ahí que en estos casos encontremos en la clínica pacientes que no presentan como motivo de consulta conflictos intrapsíquicos, sino relaciones interpersonales inestables y problemáticas, en las que recaen una y otra vez, sin que puedan amortiguar dichos conflictos mediante un trabajo de pensamiento (para lo cual necesitarían contar con ese espacio mental del que carecen).
El trabajo clínico tendrá entonces, como uno de sus objetivos, favorecer la regulación de la acción e incrementar la posibilidad de pensar y de ampliar el espacio mental, con lo que las relaciones con los demás cambiarán de modo significativo.
El siguiente comentario de una paciente -con un trastorno límite de la personalidad- tratada en un centro asistencial, expresado después de tres meses de una terapia breve basada en la mentalización, es elocuente al respecto de lo conseguido con este enfoque en tan corto tiempo:
“Desde que vengo al Centro, la relación con mi esposo cambió mucho, ahora es más cordial y podemos dialogar. Ya no hay gritos, insultos e irnos a las manos ante el menor problema o discusión. Antes saltábamos ante cualquier comentario que no nos gustaba y enseguida estábamos peleando. Nuestra vida era un infierno.
Ahora nuestra vida ha cambiado bastante en ese sentido. Si algo nos molesta, tratamos de hablarlo y nos explicamos por ambas partes las cosas que nos pasan. Nos va mucho mejor, e interiormente me siento más tranquila. Este cambio que logramos me hace muy feliz”.
Se ve con claridad la forma en que ha cambiado la vida de esta paciente (de ambos cónyuges, en realidad) en la medida en que su terapeuta, siguiendo un procedimiento encaminado a trabajar sobre los déficits estructurales (en este caso, no tan profundos), favoreció el logro del objetivo mencionado más arriba.
De esta forma, la paciente pudo comenzar a interpolar un proceso de pensamiento entre el estímulo y la reacción, mediante el cual identificaba mejor y cuestionaba las atribuciones sesgadas con las que interpretaba el comportamiento de su esposo. Pudo, asimismo, empezar a regular sus emociones y conductas, a ver las cosas desde el punto de vista del otro, a empatizar con su cónyuge y a estimular en él actitudes complementarias a las que ella iba pudiendo poner en práctica. Sintetizando, diríamos que se amplió su espacio mental y las funciones de representación, pensamiento y regulación que en él tienen lugar.
En un tratamiento de mayor duración, hubiéramos tenido también otros objetivos, más ambiciosos, pero no es poco lo logrado en tan poco tiempo con una paciente que presentaba un cuadro clínico grave, mediante una adecuada focalización en las insuficiencias de la estructura (o en las fallas en el mentalizar).

 

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Conflicto, estructura y clínica psicoanalítica

Resulta de la mayor utilidad clínica diferenciar entre patologías en las que predomina el conflicto psíquico y aquellas otras en las que lo decisivo en el padecer del paciente son los déficits estructurales (o, lo que es lo mismo, las fallas en su capacidad para mentalizar).

Pero dado que estos desenlaces clínicos no son compartimentos estancos, considero que es útil considerar que existen dos polos, uno de ellos constituido por la vigencia “pura” del conflicto, con plena integridad estructural. El otro, por un profundo déficit estructural que ha impedido que el conflicto tome siquiera una forma.

Entre uno y otro polo se encuentran la mayoría de los casos que vemos en nuestra consulta, por lo que es necesario establecer cuánto de la perturbación del paciente corresponde a la presencia del conflicto y cuánto al déficit estructural.

La situación es, en realidad, más compleja, ya que el déficit estructural incide en la forma y gravedad que adquiere el conflicto (y en la posibilidad de tramitarlo), a la vez que encontramos déficits estructurales de por lo menos dos niveles diferentes: uno más profundo y otro más superficial.

En el caso de los pacientes borderline, por ejemplo, encontramos déficits estructurales profundos que impiden que el conflicto adquiera la forma precisa (organizada en torno a fantasías y defensas) que adquiere en la neurosis.

El siguiente párrafo de Green, escrito en “El pensamiento clínico”, lo expresa con elocuencia: “En los casos límite se está ante un dilema al que le faltan las estructuras intermediarias que permitirían un ordenamiento del conflicto. Es decir que se asistiría a una confrontación brutal entre expresiones del ello -y no sólo del inconsciente- constituidas por movimientos pulsionales generadores de descargas masivas, ya sea en el cuerpo o en el acto (…) Allí es donde aparecen las conductas adictivas hacia los alimentos, los tóxicos y los medicamentos, las prolongadas y repetitivas fugas hacia el sueño, los comportamientos suicidas más o menos disfrazados, las regresiones somáticas, los pasajes al acto en que se expresan la cólera, la rabia, la impotencia, etc.”

Es obvio que en estos casos sería inconducente (y eventualmente iatrogénica)  la interpretación…de un “conflicto” que ni siquiera tiene una organización determinada. Se requiere que el analista adopte otra posición y que tenga intervenciones de otra índole que ayuden en la construcción de las “estructuras intermediarias” faltantes.

¿Pero cómo se trabaja entonces en estos casos? Encontramos algunas respuestas a esta pregunta en una serie de autores (Green, Ogden, Ferro, Botella, etc.). El valor de los mismos es difícil de subestimar. No obstante, ninguno de ellos ha planteado un tratamiento estructurado, con una secuencia de pasos e indicaciones más específicas, para abordar estas cuestiones tan complejas.

En mi opinión los dos grupos de terapeutas (ya que no se trata de terapeutas individuales, sino de equipos de trabajo) que más han aportado en este sentido son: el grupo liderado por Peter Fonagy, que ha diseñado la terapia basada en la mentalización, y el liderado por Manfred Cierpka, cuyos teóricos principales son Tilman Grande y Gerd Rudolf, creadores del “Diagnóstico Psicodinámico Operacionalizado” (OPD-2) y de la “Psicoterapia centrada en la estructura”.

En las producciones de ambos grupos encontramos un rico acervo de sugerencias, en parte concordantes y en parte complementarias, que suministran una serie de recursos para el abordaje de estas patologías.

 

 

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“Detrás de”, o “después de” en la técnica psicoanalítica

En el trabajo clínico -y siguiendo las enseñanzas freudianas- nos hemos formado en un tipo de escucha basada en el supuesto de que hay algo que está “detrás” de lo que el paciente dice, y que tenemos que poder conjeturar o inferir, para devolvérselo puesto en palabras por vía de la interpretación.
Así, en el caso del relato de un sueño, sabemos que estamos frente a un contenido manifiesto, “detrás” del cual hay un contenido latente al que deberemos poder llegar para descubrir el sentido del sueño.
Otro tanto sucede con los síntomas y, en realidad, con todas las asociaciones del paciente, que son también formaciones de compromiso entre las mociones que pugnan por llegar a la conciencia y las fuerzas que se les oponen.
Nos sentimos bien cuando hemos logrado acceder a eso que está “detrás” y lo hemos traído a primer plano (hacer consciente lo inconsciente).
Pero hay una condición fundamental para que este proceder tenga sentido, y que no siempre se explicita adecuadamente.
Dicha condición es que haya un espacio interior en el que las fantasías y conflictos interiores adquieran una forma precisa. Para ello es necesario que el paciente tenga un nivel estructural bien integrado, ya que podríamos decir que “La estructura debe ofrecer un marco en el cual una tensión conflictiva encuentre sostén y pueda desarrollar una forma precisa” (Tilman Grande). Pero no siempre nos encontramos con esta situación.
Así, en el caso de una paciente bulímica, con un bajo nivel de integración estructural, se observaba que ante diversas situaciones que implicaban tensión (y que en principio no parecían ser cualitativamente equivalentes) empezaba a sentir una inquietud intensa y a comer desaforadamente, en un intento de cancelarla.
Tratando de explorar la cualidad de esta inquietud, surgió que ella la interpretaba como “hambre”, aunque no estaba segura que lo fuera, ya que dicha inquietud era cualitativamente poco diferenciada.
La continuación del trabajo exploratorio y de los complementos que por mi parte iba pudiendo aportarle, dieron como resultado que ella pudiera dar forma a la siguiente vivencia: lo que sentía era angustia.
Poco después pudimos ver que sí había un factor común en las situaciones que desencadenaban su angustia: el sentirse rechazada y abandonada.
La vivencia que recién “después” de este trabajo pudimos construir podría enunciarse como: “Me siento rechazada y eso hace que caiga en una especie de precipicio, presa de terrible angustia. Necesito entonces atontarme llenándome de comida, en un frenesí de acciones descontroladas”.
Pero esa vivencia, con esa “forma precisa” no se encontraba “detrás de” sus accesos de bulimia, tal que hubiéramos podido interpretársela desde el comienzo, sino que tuvo lugar (se configuró) “después de” un trabajo que consistió básicamente en favorecer que pudiera dar forma y figurabilidad a tensiones emocionales que tenían un carácter protomental.
Ésta es una de las diferencias importantes según trabajemos con un paciente con buena integración estructural y que padece de conflictos repetitivos inconscientes, o con otro que tiene déficits en sus funciones estructurales y necesita de un trabajo que le ayude a restablecer dichas funciones, que configuran y regulan la vida anímica.
Si, por el contrario, damos por sentado que se trata en todos los casos de hallar algo que (suponemos) está “detrás de”, nuestra actitud resultará ineficaz o perturbadora en todos aquellos (numerosos) casos en los que las cosas suceden de otro modo.

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Mentalización, estructura, conflicto en la clínica con los pacientes no neuróticos

En las consideraciones más clásicas acerca de la teoría psicoanalítica y de la práctica que de ella deriva, se pone el acento en el conflicto inconsciente y en la necesidad de hacer consciente dicho conflicto por medio de la técnica de la interpretación.

No obstante, hace ya largos años que distintos autores han puesto el acento en la necesidad de considerar también los patrones vinculares disfuncionales y la integridad (mayor o menor) de la estructura psíquica, para lograr una comprensión más abarcativa y una práctica más eficaz.

Conflicto, vínculo, estructura se revelan entonces como los tres ejes que es importante tener en cuenta en el diagnóstico (formulación del caso) y abordaje clínico de cualquier desenlace patológico. De ellos, los que mejor permiten diferenciar las características y la gravedad de un caso concreto son los ejes del conflicto y la estructura.

De un modo esquemático podríamos decir que los pacientes neuróticos suelen tener un buen nivel de integración estructural y que su padecer deriva de la eficacia de los conflictos (que se expresan en los síntomas y en las relaciones interpersonales problemáticas). Esto significa que cuando el paciente que nos consulta padece un conflicto básicamente neurótico, vemos que puede hacer uso de un conjunto de “funciones estructurales”.

Esto significa que poseerá un espacio interior en el que podrán desplegarse los distintos conflictos que padezca.

Será capaz de autorreflexión y de interpretar la conducta del otro como basada en un conjunto de estados mentales (deseos, impulsos, creencias, etc.).

Podrá empatizar con el otro, lo que supone que habrá logrado una adecuada diferenciación entre la mente propia y la ajena.

Estará básicamente en condiciones de controlar sus impulsos y de regular sus desarrollos de afecto.

Como los conflictos están claramente organizados y delimitados, nuestra tarea básica (como terapeutas) será favorecer que se hagan conscientes (por vía de la interpretación), ya que suponemos que su carácter de inconsciente es lo que determina que se traduzcan como síntomas o relaciones interpersonales disfuncionales.

Por su parte, en los pacientes que conforman lo que Green llamó “la nueva clínica” (psicosomáticos, adictos, anorexias, bulimias, impulsiones, narcisistas, etc.), encontramos invariablemente perturbaciones a nivel de la estructura, lo que hace que la eficacia de los conflictos en cuanto a la determinación de sus padecimientos, quede en un segundo lugar.

Con ellos se hace necesario un abordaje diferente, que no se basa en la interpretación, cuyo objetivo es la optimización de aquellas funciones de la estructura que se encuentran en déficit o perturbadas.

Esto se debe a que cuando están perturbadas las funciones estructurales, el espacio interior está poco desarrollado y los conflictos no se configuran adecuadamente (por ejemplo, en lugar de tener una fantasía hostil claramente configurada, un paciente puede sentir una tensión corporal difusa y un malhumor generalizado, a la vez que estallidos de violencia que no tienen un detonador específico ni simbólicamente significativo).

La tensión pulsional o emocional que no se liga adecuadamente, tiende a descargarse en la acción o en alteraciones somáticas.

Muchas veces el paciente carece de empatía y de la posibilidad de diferenciar con claridad sus propios deseos de la realidad interpersonal, esto es, de distinguir su propia mente de la ajena.

En ciertos casos de abuso sexual, por ejemplo, el abusador (si es que posee este déficit estructural) puede realmente creer que ha sido estimulado por su víctima, ya que no diferencia sus propios deseos de los ajenos.

Resulta claro cómo, en estos casos, es importante tener en cuenta las alteraciones en la estructura y trabajar sobre ellos, antes de mantener una postura interpretativa que requiere que el paciente posea una organización estructural de buen nivel (como en los pacientes neuróticos) para ser eficaz y tener sentido.  

Por poner un ejemplo, podríamos decir que una de las fallas estructurales que encontramos en los pacientes borderline tiene que ver con que (al menos en las situaciones de estrés) no alcanzan -o pierden- la dimensión representacional de la mente, esto es, la capacidad de diferenciar los pensamientos de los hechos mismos. Consideran entonces que sus representaciones son copias de los hechos y no construcciones mentales acerca de éstos.

Por esa razón, el hecho de experimentar las ideas y sentimientos como equivalentes a la realidad física, inhibe la capacidad para poner entre paréntesis la inmediatez de la experiencia a los efectos de facilitar la apertura de un espacio interior en el que sea posible interrogarse y reflexionar acerca de los estados mentales y las situaciones interpersonales presentes.

Dicha equivalencia (entre el pensamiento y el hecho) hace que las ideas sean demasiado aterrorizantes como para poder “jugar” con ellas y los sentimientos demasiado intensos como para poder ser experimentados de un modo modulado, por lo que se transforman en tormentas emocionales o en acción.

En estos casos no resulta de utilidad un abordaje interpretativo, sino la puesta en práctica de una serie de procedimientos que ayuden al paciente a que pueda llegar a considerar a sus representaciones como “meros pensamientos”, diferenciándolos así de la realidad misma.

Éste es un ejemplo de la diferencia que hay entre trabajar sobre el conflicto (interpretándolo), o trabajar sobre los déficits estructurales.

Por lo demás, cabe agregar que es en este punto en donde empalma la teoría de la mentalización con el enfoque psicoanalítico más clásico, ya que ella teoriza justamente estos déficits estructurales y propone una serie de estrategias y técnicas para remediarlos.

 

 

 

 

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Comentarios sobre el trabajo “La madre muerta” de André Green VI

 

En el post anterior transcribí un fragmento de Green y comenté algunos de los conceptos presentes en él. Ahora transcribo nuevamente la primera parte, para retomar otros conceptos que será importante comentar, y que resalto en negrita.

1) “La primera y más importante será un movimiento único, con dos vertientes: la desinvestidura del objeto materno y la identificación inconsciente con la madre muerta. La desinvestidura, sobre todo afectiva, pero también representativa, constituye un asesinato psíquico del objeto, perpetrado sin odio. Se comprende que la aflicción materna impide la emergencia de un contingente de odio susceptible de dañar todavía más su imagen” [negritas agregadas]. (Green, 1980, p. 217).

El resultado de esta desinvestidura de la imagen materna posee la mayor importancia para todo lo que sigue, y consiste en “…un agujero en la trama de las relaciones de objeto con la madre” [negritas agregadas] (Ibid), que no impide que se mantengan las investiduras periféricas.

La otra vertiente es “la identificación con el objeto en una modalidad primaria”. Green habla también de identificación especular, que supone una simetría (diferente de la complementariedad de las reacciones de agitación, alegría artificial, etc.) y mimetismo:

“como ya no se puede tener al objeto, el objetivo es seguir poseyéndolo deviniendo él mismo, no como él” {negritas y cursiva agregada} (1980, pp. 217-218).

Esta identificación, que conserva al objeto en el modo canibálico es inconsciente desde el comienzo, a diferencia de la desinvestidura, que deviene inconsciente en un segundo momento [de todos modos, como veremos más adelante en este post, Green dice que la identificación no se realiza, propiamente hablando, con el “objeto”, sino con el agujero dejado por la desinvestidura. Pero en otros momentos parece decir algo diferente. Lo veremos con detalle más adelante].

“En las ulteriores relaciones de objeto, el sujeto, presa de la compulsión de repetición, habrá de poner activamente en práctica la desinvestidura de un objeto en vías de decepcionar; así repetirá la defensa antigua, pero siendo por entero inconsciente de su identificación con la madre muerta, a la que anudará en lo sucesivo sus pasos en la reinvestidura de las huellas del trauma” [más adelante hablaremos de esta reinvestidura] (Ibid, p. 218).

El primer punto que querría comentar, entonces, es el de la identificación primaria con la madre muerta.

Vale la pena citar, en primer término, el trabajo de un autor en torno a este punto. Arnold Modell (1999) diferencia entre el “síndrome de la madre muerta” y el “complejo de la madre muerta”.

El primero de ellos “…puede usarse para denominar el síndrome clínico, intensamente maligno, que Green describió cuando hay una identificación primaria con la madre emocionalmente muerta, mientras que el término “complejo de la madre muerta” denota la gama completa de las reacciones de un individuo frente a una madre crónicamente deprimida y emocionalmente ausente” (p. 76).

O sea, la clave que en su opinión diferencia una situación clínica de la otra es la presencia o la ausencia de la identificación primaria con la madre muerta.

Este autor agrega que la identificación primaria con una madre incapaz de amar, contribuye a la correspondiente incapacidad de amarse a sí mismo y de amar a otros (p. 79).

En lo que hace a la perspectiva de Freud sobre el tema de la identificación, cabe recordar que diferencia entre identificación primaria e identificación secundaria.

Define a la primera de ellas como “…la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona” (1921. P. 99).

En otro texto dice que “…en la fase primitiva oral del individuo es por completo imposible distinguir entre investidura de objeto e identificación” (1923, p. 31).

Vale decir que la identificación primaria es anterior a toda relación de objeto propiamente dicha y se relaciona con la fase oral (incorporación).

Por otra parte, Freud relaciona la identificación con la pérdida de objeto. En ese caso el objeto es erigido dentro del yo, a raíz de lo cual se produce una alteración del mismo.

“Quizás el yo, mediante esta introyección, que es una suerte de regresión al mecanismo de la fase oral, facilite o posibilite la resignación del objeto” (Ibid).

En el texto sobre la madre muerta, Green plantea que el niño, que ha perdido el amor de la madre, se identifica con ella como un modo de conservarla consigo (la identificación conserva al objeto en el modo canibálico): “como ya no se puede tener al objeto, el objetivo es seguir poseyéndolo deviniendo él mismo, no como él” {negritas y cursiva agregada} (1980, pp. 217-218); “…es el único medio de que permite restablecer una reunión con la madre” (Ibid, p. 217).

Las manifestaciones de esa identificación, o la forma en que ésta se expresa, son las siguientes:

1) Una de ellas es la incapacidad de amar que padecerá en su vida adulta quien padece este complejo. En efecto, Green dice que la madre, en su relación con el hijo “se siente impotente para amarlo” (p. 217). La identificación con ella traerá como consecuencia la incapacidad para amar [que, como veremos más abajo, tiene también otras raíces].

2) Otra manifestación es un agujero en el yo, ya que la identificación se realiza con el agujero dejado por la desinvestidura. Respecto al yo, Green habla de “La unidad comprometida del yo, que ha quedado agujereado…” (p. 219). Y respecto a la identificación, dice: “Hubo enquistamiento del objeto y borradura de su huella por desinvestidura; hubo identificación primaria con la madre muerta y transformación de la identificación positiva en identificación negativa, es decir, identificación con el agujero dejado por la desinvestidura, y no con el objeto” {negritas agregadas} (p. 221).

3) Otra, por último, es el sentimiento de muerte interior. Green dice: “Este núcleo frío quema como el hielo y anestesia como éste, pero, mientras se lo siente frío, el amor permanece indisponible. Apenas se trata de metáforas. Estos analizandos se quejan de tener frío en pleno calor. Tienen frío bajo la piel, en los huesos, se sienten transidos por un estremecimiento fúnebre, envueltos en su sudario” (p. 223).

En otro pasaje dice que lo que se organiza en torno a ese núcleo tiene entre otros objetivos: “Mantener al yo con vida; por el odio del objeto, por la búsqueda de un placer excitante, por la procura del sentido” (p. 221). Y más adelante: “En el momento en que el análisis devuelve la vida, al menos parcialmente, a esa parte del hijo que se identifica con la madre muerta” (p. 229).

Otro objetivo es “Reanimar a la madre muerta, interesarla, distraerla, devolverle el gusto por la vida, hacerla reír y sonreír” (p. 221).

 

Si tomamos en consideración las dos últimas manifestaciones de la identificación primaria, vemos que hay un juego complejo que plantea Green entre el agujero en el yo (o el vacío) y la muerte interior. Y lo mismo ocurre con la imago de la madre, ya que nos encontramos con su figura deprimida (muerta), “…figura lejana, átona, cuasi inanimada” (p. 209) y con el “…agujero en la trama de las relaciones de objeto con la madre” (p. 217).

Según el planteo que realiza Green, hay una secuencia temporal: en primer término la madre se deprime y desinviste al hijo (ésta es la figura cuasi inanimada, que puede aparecer también como inaccesible o sorda: “…la sordera psíquica de Fliess lo convirtió en una de las madres muertas de Freud después de haber sido su hermano mayor” p. 235). Esta depresión da lugar a “…una imago primaria de la madre, en que ésta quedó desvitalizada” (p. 231).

Como consecuencia de ello la madre es desinvestida y se produce la borradura de su huella (por efecto de la desinvestidura), quedando entonces un agujero “…en la trama de las relaciones de objeto con la madre” (p. 217).

Pero, por lo visto, no por ello la representación de la madre deprimida desaparece, ya que se mantienen, tanto la necesidad de reanimarla, como la identificación con ella mencionada más arriba.

Por otro lado, el agujero o vacío se relaciona, a su vez, con un vaciamiento narcisista “…que fenomenológicamente se traduce en el sentimiento de vacío tan característico de la depresión, que es siempre el resultado de una herida narcisista con disminución libidinal” (p. 233). Este vaciamiento narcisista debe relacionarse, en mi opinión, con el tema del dolor, mencionado por Green en varios pasajes (por ej., en p. 220), ya que el dolor produce una hemorragia narcisista, al decir de Freud (1926, p. 158 y ss.).

Coexisten, entonces, en el nivel del yo, el yo agujereado y la muerte anímica y, en el nivel del objeto, la imago de una madre desvitalizada con el agujero en la trama de las relaciones de objeto.

Cabe consignar también, y no es un hecho menor, que también coexiste, en un nivel más profundo, otra imago de la madre, como lo atestigua el siguiente texto:

“En el acto de retirar sus investiduras, el sujeto, que cree haberlas retraído sobre su yo, porque no podía desplazarlas sobre otro objeto, sobre un objeto sustitutivo, no sabe que ahí ha abandonado, ha alienado su amor por el objeto caído en los fosos de la represión primitiva. Conscientemente, cree que su reserva de amor está intacta, disponible para otro amor cuando se presente la ocasión. Se declara dispuesto a investir un objeto nuevo si este se muestra amable y si él puede sentirse amado por ese objeto. El objeto primario, supuestamente, ya no cuenta para él. De hecho, se encontrará con su incapacidad para amar, no sólo a causa de la ambivalencia, sino porque su amor sigue hipotecado por la madre muerta. El sujeto es rico, pero no puede dar nada a pesar de su generosidad porque no dispone de su riqueza. Nadie le ha quitado su propiedad afectiva, pero este no tiene el usufructo de ella”.

A esta imago (que posiblemente es la que el sujeto tenía antes que la madre se deprimiera) está enlazada la libido del sujeto: “…tras el complejo de la madre muerta, tras el duelo blanco de la madre, se adivina la loca pasión de que ella es y sigue siendo objeto, que hace de su duelo una experiencia imposible” (p. 228).

Este tema de las 3 imagos de la madre (la previa a la depresión, la deprimida o muerta, el agujero dejado por la desinvestidura) y de su articulación, sucesión y/o coexistencia, posee una elevada complejidad y nos podría llevar a pensar que hay ciertas contradicciones en el texto de Green, o entre lo que afirma en este texto y lo que dice en otros, en especial en torno al tema del agujero y del vacío psíquico.

Pero dada la complejidad de este asunto, prefiero dejar para más adelante su análisis, cuando haya sido posible avanzar más en los distintos conceptos vertidos en el texto.

En ese momento ahondaremos en el concepto de “muerte anímica” y trataremos de ver cómo la conceptualiza Green y cómo la relaciona con el tema del vacío y de la clínica de lo negativo.

De momento vale la pena señalar otro aspecto de este cuadro que posee la mayor importancia en la vida de los pacientes que tienen el complejo de la madre muerta: su fracaso en el terreno del amor. En efecto, si bien pueden desempeñarse eficazmente en el territorio de la sublimación (intelectual o artística), que se encuentra sobreinvestida debido a la procura del sentido (Cf. post anterior), su punto vulnerable es la vida amorosa. Lo que ocurre es que “…el sujeto no dispone de las investiduras necesarias para establecer una relación objetal duradera, ni para el compromiso personal y más profundo que exige el cuidado del otro. Por fuerza sobrevienen la decepción del objeto, o la del yo; estas decepciones ponen fin a la experiencia y resurge el sentimiento de fracaso, de incapacidad. El paciente tiene el sentimiento de una maldición que pesara sobre él, la de la madre muerta que no termina de morir y que lo mantiene prisionero” (p. 220).

Dicho con otras palabras, podría decirse que el sujeto está fuertemente fijado a la imago de la madre y que esta fijación ha caído bajo la represión primaria. De ahí su incapacidad para amar y las continuas decepciones en este terreno.

Otro texto de Green aporta nuevas precisiones a este estado de cosas: “La madre muerta había arrastrado, en la desinvestidura de que había sido objeto, lo esencial del amor de que había estado investida antes de su duelo: su mirada, el tono de su voz, su olor, el recuerdo de su caricia. La pérdida de contacto físico había producido la represión de la huella mnémica de su tacto. Había sido enterrada viva, pero aun su tumba había desaparecido” {negritas agregadas} (p. 221).

Y más aún: “La trayectoria del sujeto se asemeja a una caza en procura de un objeto inintroyectable, sin posibilidad de renunciar a él o de perderlo, pero sin más posibilidad de aceptar su introyección en el yo investido por la madre muerta. En suma, los objetos del sujeto permanecen siempre en el límite del yo, ni completamente adentro, ni enteramente afuera. Y con razón, puesto que el lugar está ocupado, en el centro, por la madre muerta” (p. 220).

La madre se mantiene, entonces, de dos maneras, como objeto de amor y como objeto de identificación (el yo investido por la madre muerta, la muerte anímica del sujeto).

Es sólo parte de la libido que la investía la que se ha transformado en identificación con la madre muerta, mientras que la mayor parte de la libido del sujeto permanece adherida a la imago de una madre viva (previa a la depresión materna) y no se ha transformado en identificación. Es esta porción de la libido la que el analista buscará recuperar, como veremos más adelante.

 

Autor: Gustavo Lanza Castelli

e-mail: gustavo.lanza.castelli@gmail.com

página web: http://www.mentalizacion.com.ar/

Referencias:

 

Freud, S. (1921) Psicología de las masas y análisis del yo.

Buenos Aires: Amorrortu editores, 1979

Freud, S. (1923) El Yo y el Ello. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1979.

Freud, S. (1926) Inhibición, síntoma y angustia. Buenos Aires: Amorrortu editores,

1979.

Green, A. (1980) La madre muerta, en (1983) Narcisismo de vida, narcisismo de

      muerte, Buenos Aires: Amorrortu editores, 1990

Modell, A.H. (1999) The dead mother syndrome and the reconstruction of the trauma,

en Kohon, G. (ed.) The Dead Mother. The work of André Green. London: Routledge

 

 

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Comentarios sobre el trabajo “La madre muerta” de André Green V

En el post anterior hablamos del trauma narcisista que supone para el niño el verse desinvestido bruscamente por la madre, que ha entrado en estado de duelo.

Comentamos también algunas de las defensas iniciales contra dicho estado de cosas y dijimos que el yo ponía también en práctica una serie de defensas de otra índole.

Estas defensas son cinco:

1) “La primera y más importante será un movimiento único, con dos vertientes: la desinvestidura del objeto materno y la identificación inconsciente con la madre muerta. La desinvestidura, sobre todo afectiva, pero también representativa, constituye un asesinato psíquico del objeto, perpetrado sin odio. Se comprende que la aflicción materna impide la emergencia de un contingente de odio susceptible de dañar todavía más su imagen” [negritas agregadas]. (Green, 1980, p. 217).

El resultado de esta desinvestidura de la imagen materna posee la mayor importancia para todo lo que sigue, y consiste en “…un agujero en la trama de las relaciones de objeto con la madre” [negritas agregadas] (Ibid), que no impide que se mantengan las investiduras periféricas.

La otra vertiente es “la identificación con el objeto en una modalidad primaria”. Green habla también de identificación especular, que supone una simetría (diferente de la complementariedad de las reacciones de agitación, alegría artificial, etc.) y mimetismo:

“como ya no se puede tener al objeto, el objetivo es seguir poseyéndolo deviniendo él mismo, no como él” {cursiva agregada} (1980, pp. 217-218).

Esta identificación, que conserva al objeto en el modo canibálico es inconsciente desde el comienzo, a diferencia de la desinvestidura, que deviene inconsciente en un segundo momento [de todos modos, como veremos más adelante, la identificación no se realiza, propiamente hablando, con el “objeto”, sino con el agujero dejado por la desinvestidura. Este punto es absolutamente decisivo].

“En las ulteriores relaciones de objeto, el sujeto, presa de la compulsión de repetición, habrá de poner activamente en práctica la desinvestidura de un objeto en vías de decepcionar; así repetirá la defensa antigua, pero siendo por entero inconsciente de su identificación con la madre muerta, a la que anudará en lo sucesivo sus pasos en la reinvestidura de las huellas del trauma” [más adelante hablaremos de esta reinvestidura] (Ibid, p. 218).

2) El segundo hecho es la pérdida del sentido, ya que la pérdida del amor de la madre ha ocurrido sin razón (para el niño). Por tal motivo, éste habrá de atribuirse la responsabilidad de la mutación ocurrida, sea por una falta o deseo que se reprocha, sea por su manera de ser.

Como debido a la fragilidad de la imagen materna, el niño no puede dirigir la agresión hacia ella, si la dirigiera hacia sí mismo esto lo llevaría a dejarse morir. Busca entonces un chivo emisario del humor negro de la madre y lo encuentra en la figura del padre, por lo que se produce una triangulación precoz. “El objeto desconocido del duelo y el padre se condensan entonces para el hijo, lo que crea un Edipo precoz” (Ibid, p. 218).

Esta situación determina un segundo frente de defensa:

3) “El desencadenamiento de un odio secundario, que no es ni primero ni fundamental, y que moviliza deseos de incorporación regresiva, pero también posiciones anales teñidas de un sadismo maníaco en que se trata de dominar al objeto, mancillarlo, vengarse de él, etcétera.” (Ibid, p. 218).

4) La excitación sexual autoerótica, que busca un placer sensual puro y se rehúsa a amar al objeto, por lo que se produce una disociación precoz entre el cuerpo y la psique y entre sensualidad y ternura, como así también bloqueo del amor.

5) “La procura de un sentido perdido estructura el desarrollo precoz de las capacidades fantasmáticas e intelectuales del yo” (Ibid, p. 219).

Se produce una sobreinvestidura de la actividad intelectual, mediante la cual el niño, que depende de las variaciones del humor de la madre, trata de anticipar o adivinar el estado mental de la misma.

Por lo demás, la unidad comprometida del yo, “que ha quedado agujereado”, se realiza en el plano del fantasma o del pensamiento, dando lugar a la creación artística o a una intelectualización muy rica.

“Está claro que asistimos a una tentativa de dominio de la situación traumática. Pero ese dominio está condenado al fracaso”.

El fracaso no tiene necesariamente lugar en el terreno del pensamiento y la fantasía, sino en el del amor, donde la herida despierta un dolor psíquico, mientras se asiste a una resurrección de la madre muerta que bloquea las adquisiciones sublimatorias del sujeto. Éste no dispone de las investiduras necesarias para establecer una relación de objeto duradera, ni para el compromiso personal profundo que exige el cuidado del otro.

Surge entonces la decepción, del objeto o del yo, que trae de nuevo consigo el sentimiento de incapacidad.

En el centro del sujeto se encuentra la madre muerta, que lo mantiene aprisionado. El sufrimiento y el dolor colorean todas las investiduras.

“En el dolor psíquico, es imposible así odiar como amar; es imposible gozar, aun masoquistamente; es imposible pensar. Sólo existe el sentimiento de un cautiverio que despoja al yo de él mismo y lo aliena en una figura irrepresentable” (Ibid, p. 220).

Comentarios:

El tema del “agujero en la trama de las relaciones de objeto con la madre” posee una importancia central en este trabajo, si bien en la segunda parte parecería que Green deja de lado este aspecto del problema y se inclina en otra dirección (llegados a ese punto, comentaremos este asunto, tan singular).

Pero de momento podríamos tratar de aclarar a qué se refiere Green.

Lo que él está diciendo, ni más ni menos, es que la representación sufre un proceso de borramiento, de deconstitución, por lo cual deja de estar en lo Inc. y en su lugar queda un agujero.

Este proceso es totalmente distinto al de la represión, que sepulta las representaciones en lo Inc., pero sin alterarlas en su estructura ni borrarlas.

Sería interesante llevar a cabo un estudio pormenorizado, comparando este hecho que describe Green con lo que ocurre en la psicosis, según lo que plantea David Maldavsky:

“Para que haya representación de cosa se requiere, en principio, un tipo particular de ligadura, como actividad que Freud atribuye más adelante a Eros, y que correspondería al enlace entre diferentes imágenes, provenientes de distintos canales perceptivos.

El conjunto, con un cierto grado de estabilidad, pero abierto a nuevas reorganizaciones al introducirse otros elementos estructurantes, constituye la representación de cosa.

Si la libido deja de cargar [investir] a esta representación e inviste en cambio al Yo, como ocurre en la retracción narcisista en la esquizofrenia, existe el riesgo de que se desorganice la representación en sus elementos de cada canal o aún en elementos más simples, hipótesis que ha sido planteada por Bion y Meltzer” (1977, p. 25).

O sea, una cosa es que se desorganice la representación en “sus elementos de cada canal”, y otra diferente que desaparezca y  en su lugar quede un agujero. Pero hace falta llevar más lejos la metapsicología de este segundo desenlace.

Dejo para un post posterior retomar esta comparación.

De momento, vale la pena citar nuevamente el pasaje de Winnicott mencionado en el tercer post de esta serie:

“Cuando la madre se ausenta durante un período superior a cierto límite, medido en minutos, horas o días, el recuerdo de la representación interna se borra. Al mismo tiempo, los fenómenos transicionales pierden progresivamente toda significación y el pequeño es incapaz de experimentarlos. Asistimos entonces a la desinvestidura del objeto” [negritas agregadas] (Winnicott, 1971, p. 33)

Comentándolo, Green dice que la representación desaparece.

Vale la pena señalar que este tema del vacío mental, de los estados mentales no representados, de la falla en los procesos de figurabilidad, de lo pre-psíquico o lo protomental se ha convertido hoy en día, gracias a los trabajos de Green y de otros autores, en un asunto de la mayor importancia teórica y clínica, ya que se observa la notable incidencia que tiene esta problemática en los estados “no neuróticos”.

Lo que estos autores ponen de manifiesto es que la representación no es algo que inevitablemente encontraremos en lo Inc., tal como plantea Freud en la primera tópica. Por el contrario, señalan (siguiendo al Freud de la segunda tópica) que la representación debe ser conquistada a partir de un trabajo psíquico, que sólo puede realizarse gracias a la mediación de la mente del objeto primordial. Por esta razón, en los pacientes no neuróticos nos encontramos con los fracasos de este proceso y la existencia de múltiples contenidos que no han alcanzado el nivel de lo representacional, como así también con fallas en los procesos encargados de llevar a cabo este trabajo (Cf. Levine, Reed, Scarfone, 2013).

La procura del sentido. Más adelante en este mismo texto, hablando de Anzieu, Green dice “A raíz de la elaboración preconsciente de Freud, muestra la similitud entre Freud y Bion, quien ha individualizado, junto al amor y al odio, la comprensión como referencia primordial del aparato psíquico: la procura del sentido” (p. 237)

El texto al que se refiere Green se encuentra en el libro de Anzieu de 1959, donde analizando el sueño de Freud de “Madre querida y personajes con picos de pájaro”, cita fragmentos de este sueño y los comenta.

“Pero esta interpretación secundaria del sueño tuvo lugar ya bajo la influencia de la angustia que se había desarrollado. No se trataba de que yo estuviese angustiado por haber soñado que mi madre moría, sino que yo interpretaba así el sueño en la elaboración preconsciente, por lo mismo que me encontraba ya bajo la dominación de la angustia” [fragmento del sueño de Freud].

Y Anzieu comenta:

“He aquí un hermoso ejemplo de lo que después Bion llamaría la necesidad de comprender. La comprensión de lo que pasa entre los padres se realiza a partir de lo que los mitos, las leyendas sagradas, cuentan que sucede entre dioses o héroes.

Pero comprender también es tener deseos de ver y de obrar por sí mismo: de ahí el despertar de la angustia. A su vez, la angustia exige ser comprendida para ser dominada, y la muerte (o la separación) proporciona una de las figuras que permiten hacerlo.

Dicho de otro modo, la interpretación es una actividad psíquica espontánea y primitiva. Un sueño no sólo contiene una figuración de los pensamientos latentes (el jeroglífico), sino también una representación de sus propios procesos (una tópica) y por último una interpretación, preconsciente y defensiva, de sí mismo.

Todas esas características son las que permiten que un sueño sea descifrable. El psicoanálisis se limita a hacerse cargo, tornándola verídica, de una necesidad de interpretar, natural y necesaria para el aparato psíquico” [negritas agregadas] (p. 341).

Por su parte, Bion habla de tres grandes grupos de emociones, amor, odio y conocimiento (L, H, K respectivamente) como intrínsecas al vínculo entre dos personas (o entre dos partes de la personalidad).

El vínculo K (Knowledge, conocimiento) puede referirse al individuo que busca conocer la verdad acerca de sí mismo, lo cual es una función de la personalidad, al decir de Bion, que requiere un proceso de desarrollo complejo y se relaciona básicamente con el conocimiento de la experiencia emocional.

“Esta función, relacionada fundamentalmente con el conocimiento de la realidad psíquica, es llamada por Bion función psicoanalítica de la personalidad. Esta función existe desde el comienzo de la vida. El psicoanálisis constituye uno de los tantos factores que favorecen su desarrollo; es un estímulo especialmente apropiado” (Grinberg, Sor, Tabak de Bianchedi, 1991, p. 101).

Es esta idea de Bion, entonces, la que parece tener en cuenta Green en este pasaje, cuando habla de la necesidad, por parte del niño, de encontrar un sentido a lo que ha ocurrido, ya que la influencia de Bion en su obra es muy marcada.

Por eso para Green, la procura del sentido es una “referencia primordial del aparato psíquico”.

En esta línea, hay otra idea de Green, que vale la pena comentar, cuando refiere que se produce una sobreinvestidura de la actividad intelectual, mediante la cual el niño, que depende de las variaciones del humor de la madre, trata de anticipar o adivinar el estado mental de la misma.

Textualmente dice: “El niño ha hecho la cruel experiencia de que depende de las variaciones del humor de la madre. En lo sucesivo consagra sus esfuerzos a adivinar o anticipar” (p. 219).

En este caso no parece ser Bion el autor que más ha desarrollado este punto, sino Peter Fonagy con su teoría de la mentalización.

Dicho de un modo muy esquemático, la mentalización consiste en la capacidad para comprender el comportamiento propio y ajeno en términos de estados mentales. Para ello se hace necesario construir un modelo de la mente ajena, para de este modo poder anticipar la forma en que habrá de comportarse.

Resulta de interés advertir que tanto Bion, como Fonagy, como Green han trabajado mucho el tema del pensamiento y del funcionamiento mental. Y si bien lo han hecho desde puntos de vista distintos, puede resultar de mucha utilidad intentar una articulación entre estos tres enfoques (Lanza Castelli, Bouchard, 2014).

En el próximo post continuaremos comentando otros conceptos presentes en el párrafo citado al comienzo.

Autor: Gustavo Lanza Castelli

e-mail: gustavo.lanza.castelli@gmail.com

página web: http://www.mentalizacion.com.ar/

 

Referencias:

 

Anzieu, D. (1959) El autoanálisis de Freud. El descubrimiento del psicoanálisis

Madrid: Siglo XXI editores.

Green, A. (1979) La angustia y el narcisismo, en (1983) Narcisismo de vida, narcisismo

      de muerte. Buenos Aires: Amorrortu editores

Grinberg, L., Sor, D., Tabak de Bianchedi, E. (1991) Nueva introducción a las ideas de

      Bion. Madrid: Tecnipublicaciones.

Lanza Castelli, G.; Bouchard, M.A. (2014) Dos modelos de la mentalización

(Saldrá publicado en Aperturas Psicoanalíticas. Revista Internacional de

      Psicoanálisis, en el número de diciembre de 2014).

Levine, H.B., Reed, G.S., Scarfone, D. (2013) Unrepresented States and the

      Construction of Meaning. Clinical and Theoretical Contributions. London: Karnac

Books.

Maldavsky, D. (1977) Teoría de las representaciones. Sistemas y matrices,

      transformaciones y estilo. Buenos Aires: Nueva Visión.

Winnicott, D.W. (1971) Realidad y Juego. Buenos Aires: Gedisa editorial, 1987.

 

 

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Comentarios sobre el trabajo “La madre muerta” de André Green IV

Prosigue Green diciendo que por más que la desinvestidura del objeto primario sea llevada muy atrás en el tiempo, el Edipo debe ser mantenido como matriz simbólica, ya que el ser humano tiene siempre dos objetos y no uno.

Esto no significa adherir a la concepción de Klein (el pene del padre en el vientre de la madre), sino que lo que se postula es que el padre está siempre entre la madre y el hijo, más precisamente en el deseo de la madre por el padre.

Si lo vemos desde el punto de vista del hijo, éste atribuirá a la presencia del padre (en el deseo de la madre) todo aquello que por parte de esta última no es investidura total y exclusiva de su persona (del niño).

El complejo de la madre muerta

Green caracteriza la presentación de estos pacientes diciendo que no es habitual que los síntomas de los que se quejan sean de tipo depresivo. Pero ellos reflejan el fracaso en lo amoroso o profesional. No es raro que el paciente relate una historia que haga pensar al analista que debió haber tenido lugar una depresión en la infancia, pero ésta no es referida como tal.

Lo que aparece en primer plano es la problemática narcisista del paciente, que incluye considerables exigencias del ideal del yo.

“El sentimiento de impotencia es nítido. Impotencia para salir de una situación de conflicto; impotencia para amar, para sacar partido de las propias capacidades, para aumentar sus conquistas o, cuando esto se consigue, insatisfacción profunda con el resultado” (Green, 1980, p. 215).

[La razón de ser de este sentimiento de impotencia se verá con claridad más adelante].

En lo que hace a la depresión, ésta no necesariamente se expresa en la vida cotidiana del paciente, pero sí se hace presente en la transferencia y constituye la repetición de una depresión infantil particular, que no obedece a la pérdida del objeto, sino que se ha verificado en presencia de un objeto que se encontraba absorbido por un estado de duelo.

Por algún motivo (y acá la variedad es muy grande) la madre se ha deprimido y, en función de ello, ha disminuido el interés por su hijo.

Esto acarrea un cambio súbito, brutal, una verdadera mutación en la imago materna. Hasta ese momento el hijo se sintió amado y estableció una relación feliz con su madre, pero el cambio de la misma tiene para él la dimensión de una catástrofe. Green dice: “La trasformación en la vida psíquica, en el momento del duelo repentino de la madre que desinviste brutalmente a su hijo, es vivida por éste como una catástrofe. Por una parte, porque sin signo alguno previo el amor se ha perdido de golpe. El trauma narcisista que este cambio representa no necesita ser expuesto extensamente” [negritas agregadas] (1980, p. 216).

Vemos en acción la desinvestidura de la que hablamos en el post anterior. Por otro lado, podríamos preguntarnos por qué hablamos en este caso de trauma “narcisista”. Para respondernos, cabe reflexionar un poco más acerca de aquello que se juega en la relación madre-hijo habitual.

En Inhibición, síntoma y angustia, Freud hace referencia a un hecho biológico fundamental de la especie humana: la prematuración en el nacimiento, lo que significa que el bebé recién nacido tiene una inmadurez mucho mayor que la de cualquier animal que ve la luz por primera vez, lo que implica un profundo desamparo en los comienzos de la vida. Dice allí, hablando de los tres factores que participan en la causación de las neurosis (biológico, filogenético, puramente psicológico): “El biológico es el prolongado desvalimiento y dependencia de la criatura humana. La existencia intrauterina del hombre se presenta abreviada con relación a la de la mayoría de los animales; es dado a luz más inacabado que éstos. Ello refuerza el influjo del mundo exterior real, promueve prematuramente la diferenciación del yo respecto del ello, eleva la significatividad de los peligros del mundo exterior e incrementa enormemente el valor del único objeto que puede proteger de estos peligros y sustituir la vida intrauterina perdida. Así, este factor biológico produce las primeras situaciones de peligro y crea la necesidad de ser amado, de que el hombre no se librará más” (Freud, 1926 [1925], p. 145).

Otras consideraciones freudianas sobre esta relación, subrayan la importancia de las identificaciones primarias (1923) que serán esenciales para la constitución del yo del niño, así como la incorporación canibálica que éste realiza de su madre, para la constitución del yo (1912-193; 1917 {1915}).

No obstante, es en Introducción del Narcisismo donde Freud propone otro enfoque para la comprensión de esta relación, cuando postula que la constitución del narcisismo primario del niño debe entenderse a partir del narcisismo parental (que le antecede) y su proyección sobre aquél. “El narcisismo primario que suponemos en el niño (…) es más difícil de asir por observación directa que de comprobar mediante una inferencia retrospectiva hecha desde otro punto. Si consideramos la actitud de padres tiernos hacia sus hijos, habremos de discernirla como renacimiento y reproducción del narcisismo propio, ha mucho abandonado. La sobreestimación, marca inequívoca que apreciamos como estigma narcisista ya en el caso de la elección de objeto, gobierna, como todos saben, este vínculo afectivo. Así prevalece una compulsión a atribuir al niño toda clase de perfecciones (para lo cual un observador desapasionado no descubriría motivo alguno) y a encubrir y olvidar todos sus defectos (…) Enfermedad, muerte, renuncia al goce, restricción de la voluntad propia no han de tener vigencia para el niño. Las leyes de la naturaleza y de la sociedad han de cesar ante él, y realmente debe ser de nuevo el centro y el núcleo de la creación. His Majesty the Baby, como alguna vez nos creímos. Debe cumplir los sueños, los irrealizados deseos de sus padres (…) El conmovedor amor parental, tan infantil en el fondo, no es otra cosa que el narcisismo redivivo de los padres, que en su trasmudación al amor de objeto revela inequívoca su prístina naturaleza” (pp. 87-88).

Podemos ver en estas referencias, que Freud considera una doble vía entre los padres y el hijo. Por un lado, este último es pasivo receptor de la investidura narcisista de los padres (de la que se apropia en un segundo momento, por así decir, amándose tal y como ellos lo amaron), por otro, es activo en la medida en que incorpora sus figuras, sea por vía de la oralidad o de la identificación.

A esto cabe agregar que hay otros puntos de vista para considerar el narcisismo. La siguiente frase de Freud, del 12 de julio de 1938 es interesante en este sentido:

«Tener» y «ser» en el niño. El niño tiende a expresar el vínculo de objeto mediante la identificación: «Yo soy el objeto». El «tener» es posterior, vuelve de contrachoque al «ser» tras la pérdida del objeto. «El pecho es un pedazo mío, yo soy el pecho». Luego, sólo: «Yo lo tengo, es decir, yo no lo soy. . .». (Freud, {1941} 1938, p. 301). Se ve con claridad la referencia de Freud al hecho de que en los comienzos de la vida el niño no se diferencia del objeto primordial (“yo soy el pecho”) y que sólo con el tiempo se va produciendo dicha diferenciación. Por esa razón, la investidura del objeto es inicialmente narcisista (al investir al pecho, se inviste al yo).

En una línea de pensamiento similar, Green dice: “…la relación del niño con su objeto no está tan bien diferenciada como en el adulto. Quiero decir que el vínculo que une es de índole tanto narcisista como objetal. El objeto es una prolongación narcisista del niño, a punto tal que cualquier fractura o ruptura de los lazos existentes entre ambos es también un desgarro en este nivel” (2003, pp. 210-211).

A estas consideraciones podríamos agregar las que Freud menciona en relación a la tensión de necesidad y la experiencia de satisfacción en la succión del pecho materno, lo que dará lugar a las primeras inscripciones psíquicas y al surgimiento del deseo, posterior a la experiencia de satisfacción (1900). En efecto, la alternancia adecuada de presencia/ausencia por parte de la madre, permitirá la creación de huellas mnémicas y de representaciones, que serán investidas por la tensión de la necesidad (y más tarde por la pulsión sexual).

Por el contrario, una actitud demasiado intrusiva por parte de la madre, o demasiado distante, perturbará la adecuada constitución de las mismas (esto es lo que ocurre en los pacientes fronterizos).

Por último, y sin pretender se exhaustivos, cabe citar nuevamente un párrafo ya consignado en el primer post de esta serie: “El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua de excitación y de satisfacción sexuales a partir de las zonas erógenas, y tanto más por el hecho de que esa persona -por regla general, la madre- dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho. La madre se horrorizaría, probablemente, si se le esclareciese que con todas sus muestras de ternura despierta la pulsión sexual de su hijo y prepara su posterior intensidad” (1905, p. 203).

A modo de síntesis, podríamos decir entonces que los cuidados parentales satisfacen las pulsiones de autoconservación, activan las pulsiones sexuales mediante la estimulación de las zonas erógenas y son la base de la constitución del narcisismo primario, que será el patrimonio del yo-placer, el cual intentará neutralizar -de este modo- el desamparo inicial (Freud, 1915).

Asimismo, la madre propicia la cualificación de cantidades de excitación en la medida en que favorece la constitución de las primeras representaciones, que irán ligando cantidades y constituyendo deseos (Freud, 1900).

[Nota: dejo de lado deliberadamente aquí, en lo que hace a este último punto, los cambios profundos que tuvieron lugar en el pensamiento de Freud al pasar de la primera a la segunda tópica y lo que ellos suponen para, entre otras cosas, la constitución de las representaciones. Green se ha ocupado largamente de este tema en varios de sus trabajos. Cf. por ejemplo, 1973, Tercera parte, capítulo V]

 

De todas estas variables que se juegan en la relación madre-hijo, vemos que Green privilegia decididamente la que tiene que ver con el narcisismo, y es por eso que, si la investidura amorosa e idealizante que la madre realiza de su niño, es la base sobre la que éste constituye su narcisismo, la brusca desinvestidura por parte de aquélla, supondrá una catástrofe narcisista en este último. De igual forma, si la relación del niño pequeño con su madre, es tanto narcisista como objetal, y ésta es una prolongación narcisista del niño, “…cualquier fractura o ruptura de los lazos existentes entre ambos es también un desgarro en este nivel” (2003, pp. 210-211).

Prosiguiendo con el texto de la madre muerta, cabe señalar que Green dice que, además del trauma narcisista tiene lugar una pérdida del sentido, ya que el niño es incapaz de explicarse de algún modo lo que ha ocurrido y, en la medida en que se vive como el centro del universo materno, interpretará inevitablemente esta desinvestidura como la consecuencia de sus pulsiones hacia el objeto.

Si dicho trauma ocurre cuando el niño ya ha descubierto la existencia del padre, hará responsable a éste de lo sucedido, lo cual supondrá una triangulación y un Edipo precoz. Pero puede también suceder que el padre sea investido como el salvador por parte del niño.

No obstante, la clínica muestra que en la mayoría de los casos, el padre se muestra inaccesible, quizás porque se encuentra preocupado principalmente por el estado de la madre, y no presta auxilio al hijo.

En lo que hace a este último, intentará en un primer momento reparar a la madre, lo que le hará sentir toda la medida de su impotencia (cf. lo señalado más arriba acerca del sentimiento de impotencia de estos pacientes). A su vez, en su lucha contra la angustia utilizará medios activos cuyos signos son la agitación, el insomnio, los terrores nocturnos. También desplegará acciones complementarias del estado de la madre (agitación, alegría artificial, intentos de interesarla y “despertarla”, etc.)

Tras ello, el yo pondrá en juego una serie de defensas de otra índole.

Hablaremos de esas defensas en el próximo post.

 

Autor: Gustavo Lanza Castelli

e-mail: gustavo.lanza.castelli@gmail.com

página web: http://www.mentalizacion.com.ar/

 

Referencias:

 

Freud, S. (1900) La interpretación de los sueños. Buenos Aires: Amorrortu editores,

T V, 1979.

Freud, S. (1905) Tres ensayos de teoría sexual. Buenos Aires: Amorrortu editores,

T VII, 1978

Freud, S. (1912-1913) Tótem y Tabú. Buenos Aires: Amorrortu editores, T XIII

Freud, S. (1914) Introducción del Narcisismo. Buenos Aires: Amorrortu editores, T

XIV, 1984.

Freud, S. (1915) Pulsiones y destinos de las pulsiones. Buenos Aires: Amorrortu

editores, T XIV, 1984.

Freud, S. (1917 {1915}) Duelo y Melancolía. Buenos Aires: Amorrortu editores, T XIV,

1984.

Freud, S. (1923) El Yo y el Ello. Buenos Aires: Amorrortu editores, T XIX

Freud, S. (1926) Inhibición, síntoma y angustia. Buenos Aires: Amorrortu editores, T

XX

Green, A. (1973) Le discours vivant: la conception psychanalytique de l’affect.

Paris: Presses Universitarires de France,

Green, A. (1980) La madre muerta. En (1983) Narcisismo de vida, narcisismo de   

      muerte. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1990.

Green, A. (2003) Ideas directrices para un psicoanálisis contemporáneo.

Buenos Aires: Amorrortu editores, 2011.

 

 

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Comentarios sobre el trabajo “La madre muerta” de André Green III

 

En el primer post de esta serie cité un fragmento de Green, que comienza de la siguiente forma: “Ya he descripto la alucinación negativa y la psicosis blanca; no he de volver entonces sobre lo que supongo conocido, y refiero la angustia blanca o el duelo blanco a esta serie”.

Para aclarar esta frase, en el post anterior reseñé una parte del libro sobre la psicosis blanca. Me propongo ahora llevar a cabo algunas breves y esquemáticas consideraciones sobre la alucinación negativa, concepto que es central en el pensamiento de Green y que éste ha desarrollado y complejizado en numerosos textos, el más importante de los cuales (pero no el único) es su trabajo de 1993.

La alucinación negativa:

Este concepto tiene un estatus particular en la obra de Green, en relación con otros que ha propuesto (la madre muerta, la psicosis blanca, el narcisismo negativo, la función objetalizante, etc.), consistente en que atraviesa toda su obra y se va complejizando a lo largo de la misma.

Su primera aparición data de 1967, y se encuentra en un texto que marcó el alejamiento de Green de los seminarios de Lacan (Green, 1967).

El texto en el que lo desarrolla de una manera más pormenorizada es posterior (1993), aunque más tarde ha seguido utilizándolo en diversos contextos.

En ese primer texto (1967) relaciona la alucinación negativa con la “estructura encuadrante” (p. 120 y ss.). Como este concepto aparece más adelante en el trabajo que estamos comentando, difiero para ese momento la explicación del sentido de esa expresión.

De un modo sumario podríamos decir que la alucinación negativa ha de ser entendida como el reverso de la realización alucinatoria de deseos de Freud y que es considerada por Green como esencial para la constitución del espacio psíquico, a la vez que considera que constituye la precondición de toda teoría de la representación (1977, p. 382).

La define en algunos lugares como la representación de la ausencia de representación y podemos decir que su lugar se encuentra en el territorio del trabajo de lo negativo (Green, 1993) y que tiene un doble valor potencial: estructurante o desestructurante.

Dada la amplitud y complejidad de este concepto, parece necesario acotar lo que digamos de él, por lo que tomaré solamente algunos aspectos del mismo, que son de utilidad para el comentario del trabajo sobre la madre muerta.

Hay una cita de Winnicott muy ilustrativa de este concepto:

“Cuando la madre se ausenta durante un período superior a cierto límite, medido en minutos, horas o días, el recuerdo de la representación interna se borra. Al mismo tiempo, los fenómenos transicionales pierden progresivamente toda significación y el pequeño es incapaz de experimentarlos. Asistimos entonces a la desinvestidura del objeto” [negritas agregadas] (Winnicott, 1971, p. 33)

Comentando este pasaje, Green dice: “Esta desaparición de la representación interna es lo que yo relaciono con la representación interior de lo negativo, “una representación de la ausencia de representación”, como digo, que se expresa en términos de alucinación negativa o, en el terreno del afecto en términos de vacío o, en menor grado, de futilidad o de pérdida de sentido” [negritas agregadas] (2005, p. 38)

Como vemos, Green establece aquí una equiparación entre lo que es borrado y aquello que sufre una alucinación negativa. En otros textos diferencia este destino del destino que corre aquello que es meramente reprimido (que no se borra, sino que es meramente mantenido en lo Inc.).

Hay un texto interesante en el que compara ambos mecanismos: “les daré un ejemplo. Tomemos un paciente y el material que les presenta, al que le hacen una relación entre su material y lo que les ha dicho en una sesión reciente. El paciente les replica: “¿Yo, yo he dicho eso? ¡No tengo recuerdo alguno de haberlo dicho!”.

Entonces, obviamente, por reflejo, ustedes piensan que se ha instalado una represión. Pero se equivocan: no se trata de una represión, esto no es un fenómeno de olvido, sino un fenómeno de no reconocimiento. Puesto que en general, cuando alguien ha olvidado algo y le es recordado, dándole ciertos detalles, dirá tarde o temprano: “Ah, sí, es exacto; ahora me acuerdo”.

Ahora bien, allí nada es recordado sino que permanece sumergido en la borradura, en el blanqueo (blanchiment): es algo que jamás ha existido (…) La represión dice que [los pensamientos] han sido enterrados y olvidados, pero llegar hasta la no existencia del pensamiento es algo diferente.

Estoy de acuerdo en que no siempre es fácil de distinguir y en que hay puntos de pasaje. Estamos obligados a instalar distinciones que nos permiten ver claro, pero la psiquis no funciona de esa manera, no conoce fronteras tan netas” [negritas agregadas] (Duparc, Quartier-Frings, Vermorell, 1995, pp. 153-154).

Una vez hechas estas breves aclaraciones, podemos continuar con la otra parte del texto que fue citado al final del primer post de esta serie:

La serie “blanca”, alucinación negativa, psicosis blanca y duelo blanco, atinentes todos estos fenómenos a lo que se podría llamar la clínica del vacío o la clínica de lo negativo, son el resultado de una de las componentes de la represión primaria: una desinvestidura masiva, radical y temporaria, que deja huellas en lo inconsciente en la forma de “agujeros psíquicos” que serán colmados por reinvestiduras, expresiones de la destructividad liberada así, por ese debilitamiento de la investidura libidinal erótica. Las manifestaciones del odio y los procesos de reparación a ellas consiguientes, son manifestaciones secundarias respecto de esa desinvestidura central del objeto primario, materno. Bien se comprende que esta concepción importa una modificación para la técnica analítica, puesto que limitarse a interpretar el odio dentro de las estructuras que cobran rasgos depresivos equivaldría a no abordar nunca el núcleo primario de esta constelación” {negritas agregadas} (1980, p. 213).

Es interesante que Green habla de una “serie blanca”, en la que incluye formaciones o procesos diferentes (alucinación negativa, psicosis blanca, duelo blanco), pero que son todos el resultado de un mismo proceso o mecanismo: la desinvestidura (masiva, radical y temporaria) que deja en lo Inc. huellas consistentes en agujeros psíquicos.

Valdrá la pena entonces hacer algunas consideraciones sobre los conceptos de investidura y desinvestidura, para aprehender cabalmente de qué nos está hablando Green.

El término que Freud utiliza para hablar de investidura es Besetzung. El verbo del que deriva dicho sustantivo es besetzen, que significa ocupar (por ejemplo, un grupo de gente ocupó un espacio). En el sentido que Freud lo utiliza, se trata de que una representación (o una parte del cuerpo, o un objeto) es “ocupada” o “investida” por un monto determinado de energía psíquica (o energía pulsional). A su vez, lo investido pueden ser las representaciones-cosa, las representaciones-palabra, las fantasías (compuestos de ambos tipos de representaciones).

Cuando una fantasía está fuertemente investida, eso significa que sufre un empuje que la lleva hacia la conciencia y la motilidad, ya que la energía pulsional, la investidura (de una fantasía), tiende a transformarse en acción. Cuando hablamos de deseos, estamos hablando de representaciones investidas.

Una de las manifestaciones de la magnitud de esa investidura en los sueños, es su intensidad sensorial: “En la mayoría de los sueños puede reconocerse un centro provisto de una particular intensidad sensible (…) Éste es, por lo general, la figuración directa del cumplimiento de deseo (…) la intensidad psíquica de los elementos incluidos en los pensamientos oníricos fue sustituida por la intensidad sensorial de los elementos del contenido del sueño” [negritas agregadas] (Freud, 1900, pp. 553-554).

Los mecanismos que operan en la formación de los sueños: condensación y desplazamiento, consisten en movimientos de las investiduras (en el desplazamiento, por ejemplo, la investidura migra de una representación a otra).

Por otro lado, la magnitud de la investidura de una representación, decide acerca de su destino. Así, es posible tolerar una representación, digamos incestuosa, siempre y cuando tenga un bajo grado de investidura, pero tan pronto se incrementa la misma, entra en conflicto y es reprimida.

Otro tanto puede decirse con ciertas formaciones delirantes, que mientras tienen un bajo grado de investidura no perturban la relación con la realidad, pero sí lo hacen cuando la investidura aumenta.

Podríamos decir, en síntesis, que este concepto se halla presente en toda la obra de Freud y que se refiere a la energía pulsional, por ende, al aspecto económico del enfoque metapsicológico. El empuje pulsional, proveniente del cuerpo, es constante y consiste en una exigencia de trabajo para el aparato psíquico, que deberá ligarlo a representaciones, transformarlo, etc.

La desinvestidura, por su parte, implica el quite de esa energía que había recaído previamente sobre determinada representación (o sobre determinado objeto, instancia, proceso. Por ejemplo, se puede hablar de una investidura o desinvestidura del pensar. Cf. post anterior sobre la psicosis blanca).

Una situación particularmente interesante para estudiar este proceso es el estado del dormir (que Green considera detenidamente en su trabajo de 1967). En él, se retiran las investiduras del mundo exterior y también de las representaciones preconscientes e inconscientes. Toda la libido se retrae sobre el yo. “…el narcisismo del estado del dormir implica el quite de la investidura a todas las representaciones-objeto, tanto a su parte Inc. como a su parte preconsciente” (Freud, 1917 [1915], p. 223).

El soñar, en cambio, se explica porque un sector del aparato psíquico no obedece a este designio del retiro de las investiduras y las conserva. Por eso el sueño es una realización de deseos, porque estas representaciones que han permanecido investidas (deseos) se abren paso hasta la percepción después de un complejo proceso.

La contraposición “estado del dormir” – “producción del sueño” ilustra entonces la contraposición entre un estado de desinvestidura y otro de investidura.

Por mi parte, he utilizado la metapsicología del estado del dormir para dar cuenta de un fenómeno clínico observable en los pacientes límites: la muerte anímica (Lanza Castelli, 2001).

Green toma el concepto de desinvestidura y lo trabaja a lo largo de su obra de diversas formas, al punto de que se convierte en la base de lo que desarrollará como la clínica del vacío o de lo negativo, que es, tal vez, su aporte más original e importante a la comprensión de las estructuras no neuróticas.

Cabe agregar que la desinvestidura en Freud es generalmente considerada en relación a la represión secundaria. Sus efectos son que lo así desinvestido desde el sistema Prec., sea atraído por el sistema Inc., deviniendo entonces inconsciente, pero sin sufrir modificaciones en su estructura misma.

Por el contrario, en su enfoque del tema, Green habla de una desinvestidura masiva y radical, que produce verdaderos “agujeros psíquicos” a nivel de las representaciones, tanto preconscientes como inconscientes.

Es importante aclarar que esta desinvestidura puede recaer originariamente sobre las representaciones del objeto, como en este caso, o recaer sobre el propio yo. En ese caso, se pretende alcanzar un estado de vacío, de aspiración al no ser y a la nada. “Desde hace algunos años se concede interés creciente a la clínica psicoanalítica de los estados de vacío, a las formas de aspiración a la nada objetal, a la categoría de lo neutro. Esta tendencia a la desinvestidura, esta búsqueda de la indiferencia no es el exclusivo patrimonio de las filosofías orientales” (Green, 1976, p. 45).

Otro punto de la mayor importancia es que esos agujeros psíquicos (producto de la desinvestidura) son colmados por reinvestiduras agresivas, que han quedado libres debido al debilitamiento de la investidura libidinal, tema que está ya presente en Freud (la destructividad, para él, es ligada por la libido, pero cuando ésta se desliga, la primera queda libre. Freud, 1923).

El odio y los procesos de reparación que eventualmente conlleva, de acuerdo a lo que desarrolla Melanie Klein en torno a la posición depresiva, son, por tanto, procesos secundarios a la desinvestidura y a la creación del blanco en el psiquismo.

Hablando de la psicosis blanca, dice Green sobre este tema: “Cuando se trata de un psicótico [a diferencia de un neurótico] somos nosotros quienes inferimos la existencia de fantasmas subyacentes. Éstos, en mi opinión, no se sitúan “detrás” del vacío, como en el neurótico [cuando en éste aparecen fenómenos de vacío mental, etc.], sino “después” del vacío, es decir, estamos en presencia de formas de reinvestidura. Considero que es dentro del espacio vacío en donde se desenvuelven, en un tiempo segundo, mociones pulsionales en bruto, apenas elaboradas” (1974, p. 64).

Como es fácil advertir, este hecho posee una enorme importancia para la técnica, ya que de no tenerse en cuenta esto que dice Green, el analista tenderá a trabajar sobre el odio y sus vicisitudes, pasando por alto lo más esencial del proceso. Lo que “equivaldría a no abordar nunca el núcleo primario de esta constelación”. Como veremos más adelante, el enfoque técnico que propone Green es radicalmente diferente.

 

 

Referencias:

Duparc, F., Quartier-Frings, F., Vermorel M. (eds.) (1994) Une théorie vivante. L’oeuvre

      d’André Green. Paris: Delachaux et Niestlé, 1995.

Freud, S. (1900) La interpretación de los sueños. Buenos Aires: Amorrortu editores, T 5

Freud, S. (1917 [1915]) Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños.

Buenos Aires: Amorrortu editores, T XIV, 1979.

Freud, S. (1923) El yo y el ello. Buenos Aires: Amorrortu editores, T XIX, 1979

Green, A. (1967) El narcisismo primario: estructura o estado, en (1983) Narcisismo de vida,

      narcisismo de muerte. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1990

Green, A. (1974) El analista, la simbolización y la ausencia en el encuadre psicoanalítico.

En (1986) De locuras privadas. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1990.

Green, A. (1976) Uno, otro, neutro: valores narcisistas de lo mismo, en (1983) Narcisismo

      de vida,  narcisismo de muerte. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1990

Green, A. (1977) La alucinación negativa, en (1993) El trabajo de lo negativo. Buenos Aires: Amorrortu editores.

Green, A. (1993) El trabajo de lo negativo. Buenos Aires: Amorrortu editores.

Green, A. (2005) Jugar con Winnicott. Buenos Aires: Amorrortu editores, 2007.

Lanza Castelli, G. (2001) La muerte anímica en pacientes fronterizos.

IMAGO. Revista de Psicoanálisis, Psiquiatría y Psicología. Nro 17. Letra Viva Editorial.

Winnicott, D.W. (1971) Realidad y Juego. Buenos Aires: Gedisa editorial, 1987.

 

 

 

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Comentarios sobre el trabajo “La madre muerta” de André Green II

En el post anterior, cité este texto presente en “la madre muerta” con la intención de llevar a cabo algunas aclaraciones, antes de seguir adelante:

“Ya he descripto la alucinación negativa y la psicosis blanca; no he de volver entonces sobre lo que supongo conocido, y refiero la angustia blanca o el duelo blanco a esta serie.

La serie “blanca”, alucinación negativa, psicosis blanca y duelo blanco, atinentes todos estos fenómenos a lo que se podría llamar la clínica del vacío o la clínica de lo negativo, son el resultado de una de las componentes de la represión primaria: una desinvestidura masiva, radical y temporaria, que deja huellas en lo inconsciente en la forma de “agujeros psíquicos” que serán colmados por reinvestiduras, expresiones de la destructividad liberada así, por ese debilitamiento de la investidura libidinal erótica. Las manifestaciones del odio y los procesos de reparación a ellas consiguientes, son manifestaciones secundarias respecto de esa desinvestidura central del objeto primario, materno. Bien se comprende que esta concepción importa una modificación para la técnica analítica, puesto que limitarse a interpretar el odio dentro de las estructuras que cobran rasgos depresivos equivaldría a no abordar nunca el núcleo primario de esta constelación” (1980, p. 213).

Green considera conocidos el concepto de alucinación negativa y de psicosis blanca, por lo cual valdrá la pena hacer algunas consideraciones sobre el particular, antes de seguir adelante. En lo que sigue de este post, consignaré algunos conceptos del libro sobre la psicosis blanca, en el post siguiente consideraré el tema de la alucinación negativa y continuaremos con el texto de “La madre muerta”.

La psicosis blanca:

El libro L’Enfant de Ca. Psychanalyse d’un entretien: la psychose blanche escrito por Jean-Luc Donnet y André Green, y publicado en 1973, posee gran importancia en la obra de este último autor, ya que en él se sientan las bases de una serie de importantes desarrollos teóricos futuros.

Por otra parte, constituye una notable ilustración clínica de los estados fronterizos y del núcleo psicótico que los caracteriza, según consideraba Green en esa época.

El texto fue fruto de un proyecto de investigación sobre consultas psicoanalíticas llevado a cabo en el servicio de psiquiatría de Jean Delay en Saint-Anne.

Quien estaba a cargo del proyecto era André Green, mientras que Jean-Luc Donnet era el observador y discutidor.

Si bien fueron entrevistados muchos pacientes, los autores decidieron finalmente tomar como base del libro una única entrevista, la realizada a  Mr. Z, apodado “el hijo de eso” (l’enfant de ça), en función de la expresión inicial en la entrevista “Pues bien, entonces…mi madre se ha acostado con su yerno y…yo soy el hijo de eso” (“Alors voilà…ma mére a couché avec son gendre et…c’est moi l’enfant de ça”, p. 34) [cabe aclarar que “ça” quiere decir tanto “eso” como “Ello”, de ahí el doble sentido del título original].

En el capítulo 2 Donnet y Green transcriben la desgrabación de la entrevista y en el capítulo 3, titulado “palabra por palabra” (le mot a mot) llevan a cabo un minucioso análisis, palabra por palabra (o frase por frase) de dicha entrevista.

En lo que sigue, realizo algunas consideraciones introductorias, a continuación hago una reseña muy breve de los primeros fragmentos de esa entrevista, para poder después desarrollar los conceptos teóricos de la psicosis blanca.

Consideraciones introductorias:

Donnet y Green plantean que en su tiempo aquello que se sabe de la neurosis no está mayormente en discusión, por lo cual tampoco interesa demasiado a los psicoanalistas.

Lo contrario ocurre con la psicosis, que, poco trabajada por Freud, provoca una fascinación particular. Por otro lado, afirman que si se lleva suficientemente a fondo el análisis de una neurosis, aparece una serie de mecanismos psicóticos que trabajan de modo no explícito.

Por otra parte, dicen que: “La clínica psicoanalítica reconoce, hoy en día, un número creciente de casos que los autores denominan “borderline”, estados límite o estados fronterizos (de la psicosis), que son pacientes que presentan un “núcleo psicótico”, casos de psicosis latente, etc.” (Donnet, Green, 1973, p. 224).

Por esta razón se vuelve del mayor interés profundizar en el conocimiento psicoanalítico de estos estados mediante el estudio en profundidad de un caso único, a partir del cual sea posible extraer conocimientos generalizables y de utilidad clínica.

El Caso Z

Los autores describen a Z como a un hombre joven, con anteojos oscuros, con rasgos finos y cabellos que caían sobre su espalda. Sus gestos contenidos y su impasibilidad le conferían un aspecto hierático, un poco “crístico”.

Se sentó frente al entrevistador sin prestar atención a las tres personas que se encontraban presentes, ni al micrófono, que se hallaba en una mesa al costado.

El entrevistador le pide que hable de la manera más libre posible, a los efectos de poder ver cuál es la mejor manera de ayudarlo.

Comienza diciendo que no es hijo del mismo padre y agrega “mi madre ha tenido relaciones con su yerno, y yo soy el hijo de eso”. Agrega que tal situación fue inicialmente ocultada y que el esposo legítimo de su madre lo reconoció. Todo esto dio lugar a dos divorcios: el de la hija y su esposo, y el de su madre y su marido legítimo.

Él ha vivido con su madre y después con sus medio hermanos, por lo cual ha sufrido una influencia que considera le ha sido nefasta, porque le hicieron hacer cosas y él fue criado a su imagen.

Posteriormente su madre hizo pareja con otro hombre, con el cual también hubo disputas.

Cuando tenía 14 ó 15 años hubo un problema de alojamiento, por lo cual quedó en la calle y durante 6 meses durmió casi en el piso.

En ese momento era músico y a los 18 años hizo una depresión, tuvo angustia y vértigo y no ha cesado de sentirse así.

[En este punto los autores señalan que el modo de su discurso, contrastante con la situación que evoca, impresionaba por su pobreza, era lineal y sintácticamente confuso, en el que los afectos no se trasparentaban ni era perceptible modulación alguna]

Tras un largo silencio el entrevistador dice “si…?”

Z continúa diciendo que, a pesar de su depresión, se sentía con fuerzas para continuar, si bien no había sido feliz ni se llevaba bien con su madre.

Tuvo un accidente en la vía pública, tras lo cual conoció a un director de orquesta con el cual comenzó a trabajar, hombre simpático y gentil. Con él y su esposa sintió un clima diferente porque le tenían afecto.

Tras un tiempo, considerando que ha sido desdichado hasta ese momento, le pregunta a su madre por su padre, ya que algo había oído de aquella historia. La madre le da la dirección, va a verlo y vive tres meses con él. “Allí pasó una cosa bastante formidable, me renové a mí mismo” La cosa iba bien, pero el padre no pudo tenerlo con él y tuvo que irse, a raíz de lo cual se sintió completamente en cero, sin apoyo moral.

Tuvo que volver a la casa de la madre, situación que se le hacía intolerable.

Agrega que si hubiera crecido con el padre su vida hubiera sido diferente, que él ha sido la sombra de sus medios hermanos, que han influido sobre él (p. 37).

Ésta es la reseña de las 4 primeras páginas de la entrevista (cuya extensión es de 24 páginas). La intención de esta breve reseña es solamente dar alguna idea acerca de la presentación del paciente.

Reflexiones sobre el caso:

Donnet y Green postulan que a partir del estudio minucioso y prolongado de este caso, han advertido una configuración clínica que desean llamar “psicosis blanca” y aclaran que esta invención terminológica está tomada de la descripción que hace B. Lewin sobre los “sueños blancos”, que son aquellos cuyo contenido es una pantalla blanca.

“La psicosis blanca es entonces, para nosotros, esa psicosis sin psicosis, en la que el análisis nos permite acceder al “ombligo” de la psicosis [así como Freud ha hablado del “ombligo del sueño”]: estructura matriz como condición de posibilidad de la elaboración psicótica, sin que tal elaboración tenga necesariamente lugar” (Ibid, pp. 225-226).

Hablan de una potencialidad psicótica, fruto de una estructura y de una historia, potencialidad que se desarrollará, o no, en función de las series complementarias entre la potencialidad mencionada y los objetos y eventos con los que el sujeto se encuentre.

Agregan que lo que habitualmente observan son descompensaciones transitorias seguidas de curaciones, lo que da al cuadro su perfil periódico, en línea quebrada y que los psicoanalistas saben bien cómo una psicosis infantil puede curar mediante la constitución de un carácter rígido.

Por otra parte, encontramos en la psicosis blanca síntomas banales y comunes, no una producción sintomática excepcional. Z está deprimido, como podría estarlo cualquiera, y sufre una mala influencia. Pero cualitativamente, tanto la depresión como la influencia pertenecen a un registro que reenvía al funcionamiento mental psicótico “como lo muestra su impotencia para pensar, para pensar su situación y su conflicto” (p. 228).

Lo que los autores se proponen a esta altura del libro es definir la naturaleza y estructura de ese núcleo psicotizante, de esa psicosis blanca (p. 226)

La pulsión y el pensamiento:

Si bien inicialmente Freud busca conceptualizar la psicosis -al igual que la neurosis- desde el punto de vista de la teoría de la libido, posteriormente se preocupa de la relación del psicótico con la realidad, o, mejor dicho, con las representaciones de dicha realidad.

“En la psicosis, el remodelamiento de la realidad tiene lugar en los sedimentos psíquicos de los vínculos que hasta entonces se mantuvieron con ella, o sea en las huellas mnémicas, las representaciones y los juicios que se habían obtenido de ella hasta ese momento y por los cuales era subrogada en el interior de la vida anímica” (Freud, 1924, p. 195).

Esta cita muestra con claridad que, para Freud, “…el problema de la psicosis es el problema sufrido por el pensamiento” (Donnet, Green, 1973, p. 229).

Se podría decir entonces que la psicosis entraña un conflicto entre la pulsión y el pensamiento, o que, a diferencia de la neurosis “…el pensamiento es atacado por la pulsión” (Ibid, p. 230).

Si bien en la neurosis el pensamiento puede ser subvertido por el deseo, el aparato para pensar permanece a salvo.

En la psicosis, en cambio, encontramos dañado no sólo el proceso secundario, sino también el proceso primario (que intenta desesperadamente una reconstrucción delirante, como tentativa de curación), ya que el aparato para pensar ha sido herido en su integridad.

Es, por tanto, del lado del pensamiento en donde hay que buscar la naturaleza de lo más específico de la psicosis.

El delirio y la depresión

“Cuando el psicoanalista se encuentra frente al psicótico, entre las múltiples cosas que pueden impresionarlo no hay ninguna más reveladora que las que tienen que ver con el pensamiento” (p. 239).

Sin embargo, no es habitual que se hable de ello, como si el analista permaneciera prisionero de sus referencias habituales, que lo conducen a interesarse por las estructuras y emergencias del deseo.

El analista sitúa a su paciente entre dos límites extremos: uno es el del delirio, en el que vemos una actividad de sobresignificación. El pensamiento se embala y no hay nada que no signifique algo. El psicótico ve todo hecho como significativo y se ve en el centro de una red de significaciones dirigidas a él.

Es importante el funcionamiento mental que acá tiene lugar. En el centro de esta economía encontramos el rol de la identificación proyectiva de la psicosis. El pensamiento debe desprenderse continuamente de retoños pulsionales, a través de una actividad loca de pensamiento.

En el otro extremo, lo que impresiona al analista es la considerable inercia, el anonadamiento del pensamiento. “El psicótico se queja de tener un agujero en la cabeza (impresión de cabeza vacía), de ser incapaz de pensar. Nada tiene significado, los pensamientos son fragmentarios, en trozos, sin que exista nexo alguno entre ellos. El psicótico parece sumergido en una ensoñación sin fin” (240).

Y si bien en ciertos casos se desarrollan ciertas fantasías en su conciencia, esta actividad psíquica parece escasa, pobre, poco elaborada y es mucho menos espectacular que la incapacidad de la que se queja el psicótico, que le impide a menudo toda actividad intelectual.

“El estupor (atontamiento) afectivo (“marasmo”) es igualmente una parálisis del pensamiento. Lo que siente el analista es que este régimen de hibernación mental es el fruto de una persecución del pensamiento, que se manifiesta por una actividad de clivaje incesante que impide la puesta en relación de los pensamientos entre sí.

Una consecuencia de ello es la depresión -a ser tomada en este caso, posiblemente, en sentido literal- depresión no afectiva, sin dolor psíquico, que hace del psicótico retirado del mundo, una persona que ha perdido la realidad, que ha perdido la facultad de transformar los datos que llegan a su psiquismo. Que se trate de una pérdida, aún más que de un repliegue, da cuenta de este aspecto de vacío por el cual la depresión se manifiesta” (240-241).

Más adelante, Green habla de los dos tipos de angustia, presentes en el paciente (de intrusión y de pérdida) y se pregunta: ¿De qué manera inciden en el pensamiento?

Esboza las siguientes respuestas:

a) Por la imposibilidad de constituir la ausencia. Hablando de Winnicott y de la capacidad de estar a solas en presencia de la madre, dice: “…es la creación de este espacio solitario el que torna posible la elaboración fantasmática” (p. 270).

Y más abajo “El fracaso en la constitución de esta área de soledad, debido al exceso de presencia o de ausencia, estaría en el origen de esta parálisis del pensamiento” (Ibid).

[A la parálisis del pensamiento le llama también “vacío” y da ejemplos “No hay nada en mi cabeza…el vacío” (p. 270)].

Comparando el vacío en la depresión y en la psicosis blanca, dice que en aquélla el vacío es un efecto de la acción combinada del Superyo y del Ideal del Yo. “En la psicosis blanca ese vacío parece más bien ser la expresión de las pulsiones destructivas que atacan el proceso de ligazón”

“El vacío depresivo parece un resultado del castigo del Superyo, que prohíbe pensar. El vacío de la psicosis blanca parece menos ligado a la noción de culpabilidad o de vergüenza -no parece tener significación punitiva- y parece más bien abocarse a los procesos de ligazón, en tanto son una función de despertar de la conciencia a la realidad” (Ibid)

“Parece que hay que atribuir esta parálisis del pensamiento a un doble origen. Por un lado, es el resultado de una desinvestidura activa, debida al ataque de las pulsiones destructivas sobre el pensamiento en tanto que actividad del yo susceptible de favorecer el despertar del Yo, la comunicación entre procesos primarios y secundarios, y, por otra parte, como expresión del Superyo que prohíbe expresar, a la vez, el deseo de destruir al objeto malo omnipotente y expresar el resentimiento por el abandono del objeto bueno impotente.

En la medida en que esta parálisis del pensamiento es el resultado de la introyección, tiene lugar como introyección de un objeto neutralizado, vaciado (por la proyección) o de un objeto vacío (por su ausencia).

La desinvestidura puede también producirse para proteger las investiduras de la destrucción, tomando la delantera, por así decir, en una operación suicida” (p. 271).

Hasta aquí la reseña del texto sobre la psicosis blanca, que permite ver algunos de los temas centrales que fueron planteados por Green en una obra que posee la mayor importancia, ya que se encuentra en la base de muchos desarrollos futuros de este autor. Entre otros, puede considerarse el importante trabajo presentado en un congreso y que es considerado hoy en día como un hito en el psicoanálisis contemporáneo (Green, 1974).

Para vincular este trabajo con el escrito sobre la madre muerta, desearía poner el acento en el tema de la desinvestidura en la psicosis blanca, tema que se encuentra en el núcleo del trabajo de 1980 que estamos comentando en esta serie de posts.

Autor: Gustavo Lanza Castelli

e-mail: gustavo.lanza.castelli@gmail.com

página web: http://www.mentalizacion.com.ar/

 

Referencias:

 

Donnet, JL, Green, A (1973) L’Enfant de Ca. Psychanalyse d’un entretien: la    

      psychose blanche. Les Éditions de Minuit

Freud, S. (1924) La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis.

Buenos Aires: Amorrortu editores, T XIX, 1979.

Green, A. (1974) El analista, la simbolización y la ausencia en el encuadre psicoanalítico

En (1986) De locuras privadas, Buenos Aires: Amorrortu editores, 1990.

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