Comentarios sobre el trabajo “La madre muerta” de André Green VI

 

En el post anterior transcribí un fragmento de Green y comenté algunos de los conceptos presentes en él. Ahora transcribo nuevamente la primera parte, para retomar otros conceptos que será importante comentar, y que resalto en negrita.

1) “La primera y más importante será un movimiento único, con dos vertientes: la desinvestidura del objeto materno y la identificación inconsciente con la madre muerta. La desinvestidura, sobre todo afectiva, pero también representativa, constituye un asesinato psíquico del objeto, perpetrado sin odio. Se comprende que la aflicción materna impide la emergencia de un contingente de odio susceptible de dañar todavía más su imagen” [negritas agregadas]. (Green, 1980, p. 217).

El resultado de esta desinvestidura de la imagen materna posee la mayor importancia para todo lo que sigue, y consiste en “…un agujero en la trama de las relaciones de objeto con la madre” [negritas agregadas] (Ibid), que no impide que se mantengan las investiduras periféricas.

La otra vertiente es “la identificación con el objeto en una modalidad primaria”. Green habla también de identificación especular, que supone una simetría (diferente de la complementariedad de las reacciones de agitación, alegría artificial, etc.) y mimetismo:

“como ya no se puede tener al objeto, el objetivo es seguir poseyéndolo deviniendo él mismo, no como él” {negritas y cursiva agregada} (1980, pp. 217-218).

Esta identificación, que conserva al objeto en el modo canibálico es inconsciente desde el comienzo, a diferencia de la desinvestidura, que deviene inconsciente en un segundo momento [de todos modos, como veremos más adelante en este post, Green dice que la identificación no se realiza, propiamente hablando, con el “objeto”, sino con el agujero dejado por la desinvestidura. Pero en otros momentos parece decir algo diferente. Lo veremos con detalle más adelante].

“En las ulteriores relaciones de objeto, el sujeto, presa de la compulsión de repetición, habrá de poner activamente en práctica la desinvestidura de un objeto en vías de decepcionar; así repetirá la defensa antigua, pero siendo por entero inconsciente de su identificación con la madre muerta, a la que anudará en lo sucesivo sus pasos en la reinvestidura de las huellas del trauma” [más adelante hablaremos de esta reinvestidura] (Ibid, p. 218).

El primer punto que querría comentar, entonces, es el de la identificación primaria con la madre muerta.

Vale la pena citar, en primer término, el trabajo de un autor en torno a este punto. Arnold Modell (1999) diferencia entre el “síndrome de la madre muerta” y el “complejo de la madre muerta”.

El primero de ellos “…puede usarse para denominar el síndrome clínico, intensamente maligno, que Green describió cuando hay una identificación primaria con la madre emocionalmente muerta, mientras que el término “complejo de la madre muerta” denota la gama completa de las reacciones de un individuo frente a una madre crónicamente deprimida y emocionalmente ausente” (p. 76).

O sea, la clave que en su opinión diferencia una situación clínica de la otra es la presencia o la ausencia de la identificación primaria con la madre muerta.

Este autor agrega que la identificación primaria con una madre incapaz de amar, contribuye a la correspondiente incapacidad de amarse a sí mismo y de amar a otros (p. 79).

En lo que hace a la perspectiva de Freud sobre el tema de la identificación, cabe recordar que diferencia entre identificación primaria e identificación secundaria.

Define a la primera de ellas como “…la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona” (1921. P. 99).

En otro texto dice que “…en la fase primitiva oral del individuo es por completo imposible distinguir entre investidura de objeto e identificación” (1923, p. 31).

Vale decir que la identificación primaria es anterior a toda relación de objeto propiamente dicha y se relaciona con la fase oral (incorporación).

Por otra parte, Freud relaciona la identificación con la pérdida de objeto. En ese caso el objeto es erigido dentro del yo, a raíz de lo cual se produce una alteración del mismo.

“Quizás el yo, mediante esta introyección, que es una suerte de regresión al mecanismo de la fase oral, facilite o posibilite la resignación del objeto” (Ibid).

En el texto sobre la madre muerta, Green plantea que el niño, que ha perdido el amor de la madre, se identifica con ella como un modo de conservarla consigo (la identificación conserva al objeto en el modo canibálico): “como ya no se puede tener al objeto, el objetivo es seguir poseyéndolo deviniendo él mismo, no como él” {negritas y cursiva agregada} (1980, pp. 217-218); “…es el único medio de que permite restablecer una reunión con la madre” (Ibid, p. 217).

Las manifestaciones de esa identificación, o la forma en que ésta se expresa, son las siguientes:

1) Una de ellas es la incapacidad de amar que padecerá en su vida adulta quien padece este complejo. En efecto, Green dice que la madre, en su relación con el hijo “se siente impotente para amarlo” (p. 217). La identificación con ella traerá como consecuencia la incapacidad para amar [que, como veremos más abajo, tiene también otras raíces].

2) Otra manifestación es un agujero en el yo, ya que la identificación se realiza con el agujero dejado por la desinvestidura. Respecto al yo, Green habla de “La unidad comprometida del yo, que ha quedado agujereado…” (p. 219). Y respecto a la identificación, dice: “Hubo enquistamiento del objeto y borradura de su huella por desinvestidura; hubo identificación primaria con la madre muerta y transformación de la identificación positiva en identificación negativa, es decir, identificación con el agujero dejado por la desinvestidura, y no con el objeto” {negritas agregadas} (p. 221).

3) Otra, por último, es el sentimiento de muerte interior. Green dice: “Este núcleo frío quema como el hielo y anestesia como éste, pero, mientras se lo siente frío, el amor permanece indisponible. Apenas se trata de metáforas. Estos analizandos se quejan de tener frío en pleno calor. Tienen frío bajo la piel, en los huesos, se sienten transidos por un estremecimiento fúnebre, envueltos en su sudario” (p. 223).

En otro pasaje dice que lo que se organiza en torno a ese núcleo tiene entre otros objetivos: “Mantener al yo con vida; por el odio del objeto, por la búsqueda de un placer excitante, por la procura del sentido” (p. 221). Y más adelante: “En el momento en que el análisis devuelve la vida, al menos parcialmente, a esa parte del hijo que se identifica con la madre muerta” (p. 229).

Otro objetivo es “Reanimar a la madre muerta, interesarla, distraerla, devolverle el gusto por la vida, hacerla reír y sonreír” (p. 221).

 

Si tomamos en consideración las dos últimas manifestaciones de la identificación primaria, vemos que hay un juego complejo que plantea Green entre el agujero en el yo (o el vacío) y la muerte interior. Y lo mismo ocurre con la imago de la madre, ya que nos encontramos con su figura deprimida (muerta), “…figura lejana, átona, cuasi inanimada” (p. 209) y con el “…agujero en la trama de las relaciones de objeto con la madre” (p. 217).

Según el planteo que realiza Green, hay una secuencia temporal: en primer término la madre se deprime y desinviste al hijo (ésta es la figura cuasi inanimada, que puede aparecer también como inaccesible o sorda: “…la sordera psíquica de Fliess lo convirtió en una de las madres muertas de Freud después de haber sido su hermano mayor” p. 235). Esta depresión da lugar a “…una imago primaria de la madre, en que ésta quedó desvitalizada” (p. 231).

Como consecuencia de ello la madre es desinvestida y se produce la borradura de su huella (por efecto de la desinvestidura), quedando entonces un agujero “…en la trama de las relaciones de objeto con la madre” (p. 217).

Pero, por lo visto, no por ello la representación de la madre deprimida desaparece, ya que se mantienen, tanto la necesidad de reanimarla, como la identificación con ella mencionada más arriba.

Por otro lado, el agujero o vacío se relaciona, a su vez, con un vaciamiento narcisista “…que fenomenológicamente se traduce en el sentimiento de vacío tan característico de la depresión, que es siempre el resultado de una herida narcisista con disminución libidinal” (p. 233). Este vaciamiento narcisista debe relacionarse, en mi opinión, con el tema del dolor, mencionado por Green en varios pasajes (por ej., en p. 220), ya que el dolor produce una hemorragia narcisista, al decir de Freud (1926, p. 158 y ss.).

Coexisten, entonces, en el nivel del yo, el yo agujereado y la muerte anímica y, en el nivel del objeto, la imago de una madre desvitalizada con el agujero en la trama de las relaciones de objeto.

Cabe consignar también, y no es un hecho menor, que también coexiste, en un nivel más profundo, otra imago de la madre, como lo atestigua el siguiente texto:

“En el acto de retirar sus investiduras, el sujeto, que cree haberlas retraído sobre su yo, porque no podía desplazarlas sobre otro objeto, sobre un objeto sustitutivo, no sabe que ahí ha abandonado, ha alienado su amor por el objeto caído en los fosos de la represión primitiva. Conscientemente, cree que su reserva de amor está intacta, disponible para otro amor cuando se presente la ocasión. Se declara dispuesto a investir un objeto nuevo si este se muestra amable y si él puede sentirse amado por ese objeto. El objeto primario, supuestamente, ya no cuenta para él. De hecho, se encontrará con su incapacidad para amar, no sólo a causa de la ambivalencia, sino porque su amor sigue hipotecado por la madre muerta. El sujeto es rico, pero no puede dar nada a pesar de su generosidad porque no dispone de su riqueza. Nadie le ha quitado su propiedad afectiva, pero este no tiene el usufructo de ella”.

A esta imago (que posiblemente es la que el sujeto tenía antes que la madre se deprimiera) está enlazada la libido del sujeto: “…tras el complejo de la madre muerta, tras el duelo blanco de la madre, se adivina la loca pasión de que ella es y sigue siendo objeto, que hace de su duelo una experiencia imposible” (p. 228).

Este tema de las 3 imagos de la madre (la previa a la depresión, la deprimida o muerta, el agujero dejado por la desinvestidura) y de su articulación, sucesión y/o coexistencia, posee una elevada complejidad y nos podría llevar a pensar que hay ciertas contradicciones en el texto de Green, o entre lo que afirma en este texto y lo que dice en otros, en especial en torno al tema del agujero y del vacío psíquico.

Pero dada la complejidad de este asunto, prefiero dejar para más adelante su análisis, cuando haya sido posible avanzar más en los distintos conceptos vertidos en el texto.

En ese momento ahondaremos en el concepto de “muerte anímica” y trataremos de ver cómo la conceptualiza Green y cómo la relaciona con el tema del vacío y de la clínica de lo negativo.

De momento vale la pena señalar otro aspecto de este cuadro que posee la mayor importancia en la vida de los pacientes que tienen el complejo de la madre muerta: su fracaso en el terreno del amor. En efecto, si bien pueden desempeñarse eficazmente en el territorio de la sublimación (intelectual o artística), que se encuentra sobreinvestida debido a la procura del sentido (Cf. post anterior), su punto vulnerable es la vida amorosa. Lo que ocurre es que “…el sujeto no dispone de las investiduras necesarias para establecer una relación objetal duradera, ni para el compromiso personal y más profundo que exige el cuidado del otro. Por fuerza sobrevienen la decepción del objeto, o la del yo; estas decepciones ponen fin a la experiencia y resurge el sentimiento de fracaso, de incapacidad. El paciente tiene el sentimiento de una maldición que pesara sobre él, la de la madre muerta que no termina de morir y que lo mantiene prisionero” (p. 220).

Dicho con otras palabras, podría decirse que el sujeto está fuertemente fijado a la imago de la madre y que esta fijación ha caído bajo la represión primaria. De ahí su incapacidad para amar y las continuas decepciones en este terreno.

Otro texto de Green aporta nuevas precisiones a este estado de cosas: “La madre muerta había arrastrado, en la desinvestidura de que había sido objeto, lo esencial del amor de que había estado investida antes de su duelo: su mirada, el tono de su voz, su olor, el recuerdo de su caricia. La pérdida de contacto físico había producido la represión de la huella mnémica de su tacto. Había sido enterrada viva, pero aun su tumba había desaparecido” {negritas agregadas} (p. 221).

Y más aún: “La trayectoria del sujeto se asemeja a una caza en procura de un objeto inintroyectable, sin posibilidad de renunciar a él o de perderlo, pero sin más posibilidad de aceptar su introyección en el yo investido por la madre muerta. En suma, los objetos del sujeto permanecen siempre en el límite del yo, ni completamente adentro, ni enteramente afuera. Y con razón, puesto que el lugar está ocupado, en el centro, por la madre muerta” (p. 220).

La madre se mantiene, entonces, de dos maneras, como objeto de amor y como objeto de identificación (el yo investido por la madre muerta, la muerte anímica del sujeto).

Es sólo parte de la libido que la investía la que se ha transformado en identificación con la madre muerta, mientras que la mayor parte de la libido del sujeto permanece adherida a la imago de una madre viva (previa a la depresión materna) y no se ha transformado en identificación. Es esta porción de la libido la que el analista buscará recuperar, como veremos más adelante.

 

Autor: Gustavo Lanza Castelli

e-mail: gustavo.lanza.castelli@gmail.com

página web: http://www.mentalizacion.com.ar/

Referencias:

 

Freud, S. (1921) Psicología de las masas y análisis del yo.

Buenos Aires: Amorrortu editores, 1979

Freud, S. (1923) El Yo y el Ello. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1979.

Freud, S. (1926) Inhibición, síntoma y angustia. Buenos Aires: Amorrortu editores,

1979.

Green, A. (1980) La madre muerta, en (1983) Narcisismo de vida, narcisismo de

      muerte, Buenos Aires: Amorrortu editores, 1990

Modell, A.H. (1999) The dead mother syndrome and the reconstruction of the trauma,

en Kohon, G. (ed.) The Dead Mother. The work of André Green. London: Routledge

 

 

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