Rêverie y psicoterapia

Si bien ya en la obra de Freud encontramos referencias a una tensión sexual somática que no puede ligarse con representaciones, lo que da lugar a su concepto de neurosis actual, ha sido recién con la obra de Pierre Marty y colaboradores, en la década del 60, que la noción de tensiones endógenas no simbolizadas recibió una utilización sistemática para explicar la patología psicosomática.

Por la misma época, encontramos en la obra de Wilfred Bion una serie de desarrollos teóricos que ponen el acento en la experiencia protoemocional no procesada (no devenida psíquica), y muestran los complejos desenlaces clínicos a los que este hecho da lugar.

En lo que sigue planteo algunos de sus conceptos, poniendo particular énfasis en la noción de rêverie en el espacio analítico (o terapéutico) y posteriormente ilustro su funcionamiento con tres ejemplos.

El concepto de lo “protomental” es utilizado por Bion para designar con él a una matriz en donde lo físico y lo psicológico están todavía indiferenciados y las presiones del cuerpo y del encuentro con los otros significativos, se expresan como incremento de estímulos (protoemociones) que deben ser evacuados o transformados.

Si el proceso transformacional tiene lugar en forma adecuada, de esta raíz surgirán estados emocionales simbolizados y vivenciables en forma consciente. Pero si el desarrollo es impedido o perturbado, la evacuación tendrá como resultado fenómenos psicosomáticos, enactments, identificaciones proyectivas, etc.

En este estadio primordial, las emociones crudas son experimentadas como sensaciones corporales, como un incremento de estímulos en la psique o como angustias primitivas (Bion, 1992; Ferro, 2002). La descarga (evacuación) es buscada a través de la acción muscular, la identificación proyectiva o la transformación en alucinosis, y su objetivo no es realizar cambios en el medio circundante, sino aligerar a la personalidad del incremento de estímulos (Bion, 1962b).

Si miramos ahora este tema desde el punto de vista genético y enfocamos nuestra atención en las experiencias iniciales de un bebé, podríamos decir que durante los primeros meses de vida éste no puede tramitar por sí mismo los datos sensoriales de la experiencia emocional, que consisten en emociones embrionarias o protoemociones primitivas y violentas (por ej. la sensación de hambre, de urgencia y catástrofe, las vivencias catastróficas de desamparo, etc.), las cuales requieren de una transformación que las vuelva tolerables.

Por esta razón, se le hace necesario evacuarlas (mediante la identificación proyectiva realística. Bion 1962a) dentro de la madre, para que ésta las metabolice y se las devuelva envueltas en una emoción tolerable, análoga a una atmósfera protectora (Bion, 1962b, 1963). De este modo, se pone en juego en ella la función rêverie, que incluye varios aspectos: uno de ellos tiene que ver con la forma en que imagina a su bebé, antes inclusive del nacimiento de éste en lo real, imagen con que lo envuelve cuando nace. Este envoltorio amoroso es como un canal de transmisión, por el que circula el contenido emocional de la madre hacia el bebé y de éste hacia ella.

Asimismo, esta función, desde una posición atenta, abierta y acogedora de la madre, recoge las evacuaciones emocionales del bebé, las tolera, contiene y transforma mediante el uso de su propia función ? (alfa), metabolizando así los elementos ? (beta) proyectados y devolviendo al niño el fruto de dicha transformación bajo la forma de una emoción tolerable (Bion, 1962b, 1963, 1974; Sor y Senet de Gazzano, 1993).

“Es la situación en la cual el elemento ?, digamos el temor de que se está muriendo, es proyectado por el lactante y recibido por el continente en forma tal que es “desintoxicado”, o sea, modificado por el continente de modo tal que el lactante pueda incorporarlo nuevamente a su personalidad en forma tolerable. La operación es análoga a la realizada por la función ?. El lactante depende de que la madre actúe como función ?.

Expresado esto en otros términos, el temor es modificado y el elemento ? se transforma así en elemento ? (…) se ha llevado a cabo una transformación que le permite al lactante incorporar nuevamente algo” [cursiva agregada] (Bion, 1963, pp. 48-49).

Uno de los rendimientos más esenciales del trabajo de la función ? de la madre es la transmisión que hace de la misma a su hijo, el cual, poco a poco, va internalizando esta función y volviéndose capaz de “alfabetizar” por sí mismo su dimensión protomental.

En el enfoque de Bion este modelo es utilizado para pensar la relación analítica (o terapéutica). El analista lleva a cabo la función rêverie en relación a su paciente, por lo cual utiliza su mente para transformar aquello que este último no puede procesar, y se lo devuelve transformado (Green, 1987).

De todos modos, cabe señalar que hay diversos niveles de transformación que pueden tener lugar, lo que torna a este concepto más complejo. No obstante, lo que permanece constante es la idea de “transformación”, como diferente, por ejemplo, a “interpretación”, ya que no se trata de hacer consciente lo inconsciente, sino de ayudar al paciente a que opere transformaciones (o a operarlas inicialmente por él) y a que vaya internalizando, paulatinamente, esta función transformadora.

Desearía ahora ilustrar estas ideas con tres ejemplos:

 

1) En su novela Ampolla, Fernando Sánchez Sorondo narra la historia de su adicción. Al comienzo del relato, comenta su relación con su novia Dolores, teniendo ambos 20 años, su impulso a casarse con ella y el viaje que le ofrecieron a Perú por esa época, como redactor  de un diario. Tenía que ir por un año, con lo que se ganaría el derecho a casarse con ella.

Parte de viaje y en la novela relata algunos acontecimientos vividos allá. Entre otros, su aventura con una prostituta que le contagió la sífilis, cosa que lo angustió considerablemente.

Llega, finalmente, el momento de volver a Buenos Aires, para casarse con Dolores. Relata así lo que sería su llegada al aeropuerto:

“Te esperaría tu amigo Felipe, secretamente; detestabas las comitivas de recepción y, en general, detestabas toda reunión gregaria. Felipe era la persona que conocía todas tus caras, no sólo la que habías querido mostrar a tu familia y a Dolores, y le habías escrito un telegrama pidiéndole te buscara y mantuviera tu llegada en secreto. A él podías confiarle el tema sífilis y él era a quien más querías ver quizá, más allá del disputado casamiento, motivo oficial de tu viaje.

Felipe era tu amigo; lo sentías por algo muy misterioso y preciso: pasaba en limpio tu vida. Vos le contabas a él tus asuntos con torpe intensidad y Felipe los iba armando con interés como a un rompecabezas; y vos alcanzabas a reconocer entonces ciertos paisajes, ahora armónicos, amigos, cuya oscuridad, hasta entonces, había sido una masa temible de asesinos y ladrones en potencia” (pp. 20-21).

El protagonista, en sus diálogos con Felipe vuelca (evacúa) sus experiencias, en las que encuentra una oscura “masa temible de asesinos y ladrones en potencia”.

Lo que parece más elocuente es el concepto de “masa”, como si se refiriera a contenidos mentales que no han alcanzado una forma definida, entre los que se encuentran objetos persecutorios y angustias diversas.

Felipe acoge esas expresiones con interés (este punto es esencial), lo recibe y procesa en su interior, con lo cual transforma ese conglomerado consistente en una masa angustiante, en un conjunto de “paisajes, ahora armónicos, amigos”, que le devuelve al protagonista y que éste reconoce de su propia vida.

La transformación operó un dar forma a algo que carecía de ello, a la vez que transformaba lo temible en amigo y armónico. O sea, se transforma lo carente de forma en algo con forma (la “masa” en “paisaje”) y se transforma la cualidad emocional de ese objeto.

Se ha producido el siguiente circuito: expulsión de elementos informes y angustiantes  -  acogida interesada – procesamiento organizador, que transforma y da forma  -  devolución de lo así transformado – introyección de lo devuelto -cambio en la emoción, reconocimiento de situaciones armónicas.

O sea, el terapeuta (en este caso el amigo, en rol de terapeuta) recibe con interés, acoge dentro de sí, procesa, transforma y devuelve metabolizado.

Como vemos, no se trata aquí de una “interpretación” en el sentido habitual de hacer consciente lo reprimido Inc. Cuando lo que están en juego son fallas en los procesos que transforman las impresiones informes en ideogramas, pensamientos oníricos o relatos, es necesario que el analista lleve a cabo este trabajo dentro de su propia mente (mediante su función rêverie), ofrezca el resultado de este procesamiento y vaya favoreciendo el desarrollo de dicha capacidad transformacional en el paciente.

 

2) Se trata de un paciente, al que llamaremos Alberto, que vivía con la madre y tres hermanas, con las que mantenía continuas situaciones de una violencia que llegaba a los gritos y a las amenazas de pasaje al acto, tras lo cual el paciente quedaba sumamente alterado, rumiando pensamientos hostiles y vindicatorios, lo que le impedía conciliar el sueño.

La terapeuta [quien me suministró este material] le sugirió que tratase de poner por escrito lo que le ocurría en tales situaciones. Alberto comenzó a hacerlo con una escritura fuertemente catártica (evacuatoria), en la que volcaba la hostilidad que sentía hacia la madre.

Un ejemplo de uno de sus escritos iniciales es el siguiente:

“Mala persona, cagadora hija de puta. Igual que la madre de ella, de tal palo tal astilla. Desesperada por el dinero, se caga en todo el mundo, no quiere a nadie ni respeta a nadie y en especial a sus hijos.

Culo roto, sucia, caradura, cree que cuanto tenés, cuanto valés; envidiosa de los hijos cuando logran algo. Te tira abajo y te humilla y te desprecia y te quiere abrazar con esa mano sucia y falsa. Agrandada, siempre quiere resaltar y te hace quedar mal y humillado, que se hace la víctima que trabajó toda la vida; seguramente es una infeliz, no tiene amigos ni parientes, se caga en todos, habla mal de todos.

Se halaga a ella misma todo el tiempo y eso queda mal; no es feliz y no deja ser feliz a nadie, piensa que los hombres tienen que ser forro de ella y basurearlos. Cuando trabajás no te alienta y cree que juntás el dinero en pala. Tiene miedo de que un hijo sea más que ella, no sabe nada de sentimientos. Es como una víbora venenosa, se victimiza todo el tiempo, habla mal de los difuntos, no respeta a nadie esa hija de puta, vieja resentida. Parece que nunca fue joven, odia a los hijos y nietos. Vieja de mierda, nerviosa de mierda, papelonera, hija del rigor, gorda sucia e hija de puta. Tránsfuga, por 5 pesos mata a cualquiera, mala madre y mujer sucia. Igual que la madre, tiene cola de paja y se hace la moralista, justo ella que perversa y asquerosa. Yo no conozco una mujer con tanta maldad y egoísmo. Piensa solamente en ella y cómo cagarle la vida a otro, especialmente a los hombres”.

El paciente valoró la posibilidad de volcar en el papel todo su malestar, a la vez que relató en las sesiones posteriores que se sentía mejor después de haber escrito, más aliviado y pudiendo conciliar el sueño sin necesidad de recurrir, como hasta entonces, al uso de somníferos.

Lo que, de todos modos, Alberto no podía hacer, era volver sobre su escrito para releerlo y tratar de pensar acerca de él. Se lo llevaba a su terapeuta y le entregaba sus anotaciones, sin que le fuera posible hacer mayores referencias a las mismas.

Vemos que el texto del paciente es netamente catártico y evacuatorio. Mediante la acción de escribir evacúa una serie de contenidos hostiles e insultantes y, al librarse de ellos de esta forma, se siente mejor y puede dormirse.

Lo que no puede hacer es releer lo que escribió, ya que -posiblemente- tema una reintroyección de los contenidos evacuados, el contacto con los cuales le resulta intolerable.

El paciente carece de la posibilidad de volver sobre lo escrito, para conectarse con lo allí expresado y pensar sobre ello. Le falta la posibilidad de transformar esa evacuación en pensamientos que sean un “alimento para la mente” (Bion).

No obstante, a poco andar, la terapeuta encontró una forma de poder incluir ese material en el trabajo de la sesión. Ella lo leía en voz alta y, entonces él podía escucharla y, de a poco y gradualmente, retomar las situaciones y vivencias sobre las que había escrito y trabajar sobre ellas.

Parecía ser como que la lectura que hacía la terapeuta hubiera sido una forma de metabolizarle ese material y que, después de ello, el paciente podía ir encarándolo para pensar sobre el mismo. En este procedimiento podemos ver en acción la función rêverie de la terapeuta, que metaboliza los elementos ? que el paciente no puede procesar, y se los devuelve de forma tal que puedan ser incorporados y servir como alimento para la mente (Bion, 1962).

O sea, la terapeuta no transforma los contenidos mismos (como sí ocurría en el ejemplo anterior), sino el significado de dichos contenidos, como si atemperara su crudeza y los hiciera más tolerables para el paciente,

Fue del mayor interés observar que, al poco tiempo de trabajar de esta manera, los escritos de Alberto comenzaron a cambiar. Seguían siendo catárticos al comienzo, pero a medida que avanzaba en su redacción, iban apareciendo reflexiones y algunos pensamientos sobre lo que le pasaba a él en relación a lo que escribía. Este cambio parece ilustrar la gradual incorporación que éste fue haciendo de la función ?.

La inclusión del trabajo de escritura marcó un punto de inflexión en el tratamiento de Alberto. A partir de ese momento comenzaron a aparecer cambios que no habían podido lograrse en varios años previos de análisis. El paciente puso coto a las escenas de peleas con la madre y las hermanas, hizo modificaciones en su trabajo que le permitieron ganar más dinero hasta que, a los 6 meses, se mudó a un departamento solo. En el curso del año siguiente comenzó a estudiar -tenía sólo escolaridad primaria- conoció una chica y se puso de novio.

El paciente mismo, que escribía diariamente, relacionaba todos estos cambios con el campo que se le había abierto a partir de que comenzó a escribir en su diario.

 

3) Se trata de una paciente de 25 años, a la que llamaremos Claudia, que llega a una sesión con una considerable congestión nasal y un fuerte resfrío. Relata un desencuentro que ha tenido con una hermana 10 años mayor, a la que se halla fuertemente apegada. Muy enojada, refiere cómo ésta siempre busca dominar a todos y hacer su voluntad sin consideración por las necesidades de los demás. Describe una situación reciente, en la casa de dicha hermana, en la que estaba conversando con otras personas sobre un tema del mayor interés, cuando su hermana se levantó de la mesa y se fue a lavar las cosas a la cocina, interrumpiendo la conversación.

Molesta porque su hermana había tenido esa actitud, Claudia continúa relatando, con un enojo creciente, diversas situaciones similares. Mientras habla, tiene que sonarse continuamente la nariz debido a la secreción constante que padece.

Por mi parte, mientras la escucho recuerdo en un momento con nitidez una imagen de un cuadro de De Chirico, que había estado mirando el día anterior, en un libro sobre sus pinturas. En ese cuadro se veía a lo lejos a una persona en un espacio vacío, con enormes edificios al costado, también vacíos. El cuadro transmitía, en mi opinión, un estado de soledad y desolación.

Ante la aparición de esta imagen en mi mente, conjeturo que la misma podría consistir en una transformación del sentimiento de desolación que en Claudia habría quedado en un estado protomental, en forma embrionaria, por así decir,  y que me habría transmitido por medio de la identificación proyectiva realística (Bion, 1962a).

Le digo entonces que entiendo muy bien su enojo y los motivos que tiene para ellos, pero que me pregunto si no se siente también triste.

Claudia me mira sin dar muestras de que mi intervención le haya llegado, pero inmediatamente recuerda que la noche anterior una amiga la había llamado para ir al cine y que ella había preferido quedarse en su casa (hace un gesto con el cuerpo, como encogiéndose) ya que estaba físicamente muy cansada y no tenía ánimos para salir, siendo que ama el cine y le gusta mucho salir con esa amiga.

Después de este comentario vuelve a las críticas hacia su hermana, pero su tono ya no es tan vehemente, sino un poco apagado y, en cuestión de menos de un minuto, su secreción nasal se interrumpe.

Refiere entonces la historia de unos niños abandonados, que había visto la semana anterior en un programa de la televisión, comentario que me da la oportunidad de decirle que habla como si se viera en ellos. Poco a poco, Claudia se va conectando más con su experiencia emocional, se le llenan los ojos de lágrimas mientras dice que no se había dado cuenta que estaba triste y que ahora siente que no sólo está enojada con su hermana, sino desilusionada y dolida.

Cuando termina la sesión, la congestión de la paciente casi ha desaparecido.

¿Qué es lo que ha ocurrido aquí?

Dicho de un modo muy descriptivo, podríamos decir que Claudia no pudo sentir su tristeza, y que ésta permaneció en un estado pre-psíquico, o protomental, y que en lugar de ella apareció una congestión nasal, como expresión de un llanto que había quedado inhibido y que se expresaba como sensación desprovista de toda vivencia emocional.

Podríamos decir entonces que el hecho de considerar ciertas perturbaciones somáticas como estados protomentales (emociones en estado embrionario, pre-psíquico), favorece que nos dispongamos con una actitud abierta y receptiva, que podríamos calificar de rêverie, a los efectos de acoger la identificación proyectiva de los elementos protomentales (elementos ?), de modo tal que por medio de nuestra propia función ? adquieran figurabilidad y podamos devolvérselos al paciente para que los internalice como tal emoción.

En el caso de Claudia fue por demás interesante la forma gradual en que lo protomental fue convirtiéndose en algo mental (psíquico): en primer término surgió el recuerdo de un estado de cansancio físico y de falta de motivación; seguidamente emergieron los componentes expresivos de la emoción (tono apagado), sin que la paciente tuviera todavía la vivencia consciente de la misma; tras ello, el pictograma emotivo (Rocha Barros, 2000), ya plenamente formado y conjugado con palabras, aparece en su recuerdo en relación a los niños abandonados que vio en la televisión. Y es sólo después de esto que la expresión emocional se hace más nítida (ojos llenos de lágrimas), hasta que la emoción se vuelve sentible (triste, desilusionada y dolida).

En estos casos, a diferencia de aquellos en los que las representaciones inconscientes están cabalmente constituidas, el paciente mantiene zonas de su personalidad (de mayor o menor amplitud) en un estado no transformado, lo que suele derivar en actuaciones impulsivas y somatizaciones. Se hace necesario entonces que el analista ponga en juego su función rêverie para llevar a cabo la transformación que no ha podido tener lugar en la mente del paciente, y lograr, de este modo, devolverle esta emoción transformada para que el paciente pueda avanzar desde lo protomental a lo mental, tal como ocurrió en el caso de Claudia.

 

Escrito por Gustavo Lanza Castelli

gustavo.lanza.castelli@gmail.com

www.mentalizacion.com.ar

 

Referencias:

 

Bion, W.R. (1962a) A theory of thinking, en (1967) Second Thoughts.

      London: Karnac Books.

Bion, W. R. (1962b) Learning from experience. London: Karnac Books.

Bion, W.R. (1963) Elementos de Psicoanálisis. Buenos Aires: Ediciones Hormé, 1966

Bion, W.R. (1974) Seminarios de psicoanálisis. Buenos Aires: Paidos, 1991.

Bion, W. R.  (1992) Cogitaciones. Ed. Promolibro, 1996.

Ferro, A. (2002) Factores de enfermedad, factores de curación. Génesis del sufrimiento y cura psicoanalítica. Buenos Aires: Grupo editorial Lumen, 2003.

Green, A. (1987) La capacité de rêverie et le mythe étiologique, en Green, A. (1990)

      La folie privée. Psychanalyse des cas-limites. Paris: Éditions Gallimard.

Sanchez Sorondo, F. (1984) Ampolla. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.

Sor, D. y Senet de Gazzano M.R. (1993) Fanatismo. Santiago: Ananké.

 

 

 

 

 

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